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El problema no es la homoafectividad por © Swapan Dasgupta (23 de agosto de 2004) La capacidad que tiene un pequeño grupo de interés, pero con muchos recursos, para manipular los medios y los debates públicos se cuenta entre los rasgos menos atractivos de la democracia. Este mes, el país y en particular Delhi, han sido testigos de un esfuerzo conciente de activistas gays con buenas conexiones y liberales, que se alquilan para cualquier causa por convertir la perversidad en victimización. Contra el telón de fondo de un sangriento doble asesinato en un barrio elegante de Delhi Sur, se montó una campaña de intimidación para obligar tanto a la policía como a los medios a bajar la cabeza y aceptar nociones bizarras de corrección política. En cierto nivel, el aparente asesinato ritual del trabajador de USAID Pushkin Chandra y su así llamado “compañero”, Kuldeep, es una simple historia criminal que, en el mejor de los casos, apenas puede despertar un interés pasajero en la ciudad donde aconteció. Pero desde el comienzo fue claro que se trataba de algo más que de un asesinato más. La historia sobre Pushkin atrajo el interés público por lo que revelaba acerca del lado sórdido de lo que pasa por la sexualidad alternativa en Delhi. El tema nunca fue el derecho individual a seguir las preferencias afectivas. Ni tampoco se centró en las aparentes violaciones al Artículo 377 del Código Penal indio, que califica de ilegal a la homoafectividad. A pesar de esa ley, lo que la gente hace en la privacidad de su dormitorio le interesa poco a la mayoría del público, salvo a los seudo-sociólogos y a los voyeurs. Al contrario de lo que pretenden hacernos creer los indignados activistas.
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