Pánico escénico

Cervantes, el corruptor de la lengua

                                                            por José Ramón Enríquez

Me siento tan antiguo cuando mis alumnos al yo decir “hubo nubes en el horizonte” me corrigen, con sonrisa posmoderna, porque “nubes” es plural, así que, maestro, “hubieron nubes en el horizonte”. Sus fuentes y autoridades son indiscutibles: así lo dicen en televisión y así lo escriben los periódicos. Aunque yo explique que el sujeto es “ello”, y “ello” es lo que “hubo”. Exactamente igual al presente de indicativo: “hay nubes en el horizonte”. “Ello” hay, “ello” hubo, “ello” habrá. Pero, ¿cómo defenderme si en inglés no hay oraciones impersonales y tanto mis alumnos como sus autoridades televisivas y periodísticas hablan castellano en inglés.., hispanglés.., o, más exactamente, hispanglish..?

            También me siento muy antiguo al marearme por no encontrar sujeto o predicado del verbo iniciar. “Iniciaron las olimpiadas”, ¿quiénes? O “las olimpiadas iniciaron” ¿qué cosa? Tan fácil que es decir: “se iniciaron las olimpiadas”. Con toda seguridad ya la Academy of the castellana language habrá aceptado como intransitivo el verbo iniciar o habrá borrado de nuestra sintaxis los verbos reflexivos porque, a lo mejor, no existen en inglés. Y yo sin enterarme, por los caminos del Mayab bebiendo atardeceres.

            Pero me consuela, tras definir que “estamos corrompiendo la lengua de Cervantes”, el pensar que eso mismo hizo Cervantes con la lengua: corromperla. Y está muy bien. Para eso alcanzó aquel mozo de la esportilla a mis siempre adorados Rinconete y Cortadillo, para irles “diciendo o declarando otros nombres de lo que ellos llaman germanescos o de la germanía, en el discurso de su plática que no fue corta, porque el camino era largo” hacia el patio inefable de Monipodio.

            Sí. Oigo a Cervantes cuando dice de sí mismo “yo socarrón; yo, poetón ya viejo”, y pienso que yo mismo no debería dejar de corromper la lengua, la hablada, la escrita y hasta el músculo erótico que cargo en una boca que Dios quiso buzón para su mayor gloria.

Es una lástima que ahora el castellano se corrompa con el inglés y se haya olvidado, por ejemplo, el caló de los gitanos (“Soy jarai en el vestir / calorró de nacimiento; / yo no quiero ser jarai, /siendo calé estoy contento”) pero la vida es así y así son los idiomas. Ya no estamos en el siglo de Cervantes para conocer esa lengua de villanos que fue eufónica y temible. Baste tan sólo con el subtítulo del Tesoro de villanos o diccionario de germanías de María Inés Chamarro: “Lengua de jacarandina: rufos, mandiles, galloferos, viltrotonas, zurrapas, carcaveras, murcios, floraineros y otras gentes de la carda”. Y María Inés Chamarro también informa a quienes no lo sabíamos que “germanía” no viene de Alemania sino de germà, hermano en catalán.

Oigo, pues, al regidor Panduro del entremés cervantino ordenar a la asamblea, de la cual Pedro Estornudo es escribano: “Rellánense, que todo saldrá a cuajo, / si es que lo quiere el cielo benditísimo... / ¡Algarroba, la luenga se os deslicia! / Habrad acomedido y de buen rejo, / que no me suenan bien esas palabras... / que como presomís de resabido / os arrojáis a trochemoche en todo”.

Del actual Festival Cervantino me entusiasma el espléndido cartel de Luis Almeida (que no quieren usar para no lastimar buenas conciencias) que sí me recuerda a Cervantes. Ese que, apenas cumplidos los 22 años, debió huir de que “con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha” por el “pecado nefando”, como asegura Fernando Arrabal; esto es, por gay, palabra que ahora se “deslicia” en nuestra nueva “luenga”.

No reconozco a Cervantes en el cartel, pero sí a Hasán Bajá el moro que fue su amo en Argel y a quien “dio el privilegio único entre las figuras de su vida personal de traspasar la barrera entre sus obras y su vida, por él celosamente construida y defendida, y habló de Hasán Bajá en casi todas sus obras”.

Así lo afirma Rosa Rossi en su libro Tras las huellas de Cervantes. Perfil inédito del autor del Quijote, editado por Trotta en el año 2000. Con todo cuidado y buscando citas de autoridad para evitar un escándalo que sin embargo provocó, Rosa Rossi afirmaba: “parece que estamos ante lo que Gilles Deleuze señala como la condición básica del enamoramiento. Enamorarse es reconocer a alguien por los signos que causa o emite”.

Por enamorarse de Hasán Bajá entre otros, por los oficios de su madre y sus hermanas, por su origen judío, Cervantes fue un marginal, carne de presidio que hasta los 55 años y en una cárcel española comenzó a escribir el Quijote, cuyos cuatro siglos celebraremos todos el año próximo, incluso quienes volverían a cortarle la mano derecha.

Como personaje de su novela, Cervantes reconoció a Hasán porque “sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra”.

Que agradezca su buen trato el cartel del Cervantino.

  

 

Reforma, Sección Cultural, 15 de octubre del 2004.

 

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