
Pánico
escénico
Tres deseos y mucho aliento
por José Ramón Enríquez
Desde mi primera colaboración en
este diario he insistido en la necesidad de la descentralización como eje
de cualquier política cultural, pero sé que no resulta fácil llevar a
la práctica lo que en la retórica a todos parece unificarnos. Hay, desde
luego, intereses personales y de grupo que lo impiden, pero el nudo
gordiano consiste en que la descentralización de la cultura depende de la
descentralización económica y política del país entero. Esto es, de un
nuevo pacto federal. Inclusive, pues, de una nueva Constitución.
Mientras el país llega al momento de un paso de tal envergadura,
no han faltado intentos de política cultural descentralizadora. No dejo
de verlos y aun de aplaudirlos, pero con precaución porque debe
profundizarse mucho y evaluarse más porque ni son suficientes esos
intentos, ni han tocado siquiera la forma caciquil, priísta, de manejar
el poder.
Fuera de continuar los programas existentes, no sólo ha aportado
poco el gobierno foxista sino que ha recortado presupuestos. Lástima,
porque, para mí, el PAN sólo tenía a su favor, además del triunfo
democrático y la derrota del PRI (motivos suficientes para mantener mi júbilo
hasta que las estupideces de izquierdas y derechas tengan a bien regalarle
la silla presidencial a Roberto Madrazo), que el responsable cultural del
gobierno foxista en Guanajuato hubiera comenzado la descentralización en
su estado con un programa tan inteligente y tan poco oneroso como
Cervantes por Todas Partes, paralelo al Cervantino. Pero precisamente a
ese colaborador mandó al exilio la vocación suicida del actual
Presidente.
Se ha
dicho con razón que no basta con quejarnos. Por algún sitio debemos
empezar y los artistas sólo tenemos el arte para hacerlo. Es el momento,
pues, de recurrir al Heráclito de mis sueños íntimos (¡tiempos felices
de mi Barbie heracliteana!) para afirmar que el movimiento se demuestra
andando. Así, me permito hablar de mis propios pasos por las tierras del
Mayab.
De ninguna
manera pretendo ponerme como ejemplo de nada puesto que, además de
notorias incapacidades propias, mi presencia en Mérida obedece sólo a mi
voluntad de abandonar la insufrible “región más transparente” y no a
un plan descentralizador.
Por lo que
sea, ya puedo ser testigo de la calidad y la honestidad de quienes hacen
teatro en esta ciudad bellísima. Aquí he escrito mi última obra, Tres
deseos pero ningún tranvía, y la he escrito para actores yucatecos.
Con ellos la he llevado a escena. A lomo de actor, como suele decirse, sin
aparato ninguno, buscando lo que una vez le oí pedir a un maestro
invaluable como es el arquitecto Carlos Mijares (se refería a Fernando
González Gortázar): “Modestia en todo excepto en el aliento”.
La obra
está escrita a partir de Un tranvía llamado deseo que no sólo es
un clásico sino también un punto de referencia para el imaginario
colectivo. Parto de la discusión sobre el sexo original de Blanche Dubois
que se dio hace años y en la cual intervino el propio Tennessee Williams.
En sus últimos años, él aceptó que tal vez un maestro de escuela
homosexual y alcohólico había sido su modelo original, pero puntualizó
bien que, ya en el desarrollo de la obra, Blanche había tomado la
feminidad que todos conocemos y que sería una traición montarla de otra
forma. Habría que escribir otra obra, pensaba Williams.
Acepté el
reto y escribí un nuevo texto en el cual aparece un maestro de escuela,
Tomás, nombre auténtico del propio Tennessee. La idea es recuperar la dignidad negada a
mujeres y a homosexuales. Una dignidad que al propio Williams le escamoteó
ese policía que todos llevamos dentro de la propia conciencia.
Para
llegar a buen puerto requería necesariamente de tres espléndidos actores.
No actores cualesquiera, no “provincianos” como solemos calificarlos
desde el centro de poder, sino actores de verdad, como los que aquí
existen y existen en muchas otras partes de la República, aun cuando no
lleven la marca de ninguna ganadería prestigiada por el glamour, ése sí
pueblerino, de nuestra capital tercermundista.
Y en un
espacio mágico (un salón del Restaurante Amaro, propiedad de Olga Moguel,
impulsora del arte y defensora incansable de los derechos humanos) con tan
sólo un reflector iniciamos nuestro viaje el sábado pasado. Fernando de
Regil, Laura Zubieta y Pablo Herrero son los merecedores de todos los
aplausos.
Pero también
soy testigo de la calidad humana y profesional de Concepción León, Pablo
Herrero, Yenny Puga, Pancho Solís, Jorge Chablé, Alejandro Llanes,
Salvador Mares, Laura Zubieta y Miguel Flota, quienes, tras un
desafortunado accidente en el que se perdió la escenografía y uno de
ellos resultó lesionado, entregaron el calderoniano Astrólogo fingido
a decenas de niños que nunca habían visto teatro. Sin nada, sólo con la
voluntad de los viejos juglares y, como pedía don Carlos Mijares,
“modestos en todo excepto en el aliento”.
panicoes@hotmail.com
Reforma, Sección Cultural, 1 de
octubre del 2004
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