Prueba para las relaciones
transatlánticas
Análisis de Jim Lobe
WASHINGTON, 2 nov (IPS) - Más que ningún
otro factor básico en los asuntos internacionales contemporáneos, la
unidad de Occidente es lo que está en juego en las elecciones
presidenciales de este martes en Estados Unidos.
Como destacó desde el inicio de su campaña el
candidato del opositor Partido Demócrata, John Kerry, las relaciones
transatlánticas (eje del sistema internacional posterior a la segunda
guerra mundial, dominado por Occidente) nunca han estado más tensas que
bajo el gobierno del republicano George W. Bush.
En efecto, la coalición de neoconservadores, nacionalistas y miembros de
la Derecha Cristiana que han conducido la política exterior de Bush, en
especial a partir del 11 de septiembre de 2001, fue la más desdeñosa
hacia Europa desde la entrada de Washington a la segunda guerra mundial,
cuando todavía los líderes estadounidenses trataban de evitar
”enredarse en alianzas” con las potencias europeas.
Ese desdén ha quedado registrado. Según varias encuestas de opinión
realizadas en los últimos seis meses en países europeos, incluido Gran
Bretaña, Kerry es el favorito, tanto de la ”vieja Europa” como de la
nueva.
”Vieja Europa” es el término que utilizó despectivamente el
secretario del Pentágono, Donald Rumsfeld, para referirse a Francia y
Alemania por su oposición a la guerra contra Iraq.
La ”nueva Europa” incluye a los antiguos países comunistas de Europa
central y oriental, ahora incorporados a la Unión Europea, que apoyaron a
Bush en la guerra contra Iraq y no han recibido casi nada a cambio.
El aumento de la hostilidad de los europeos hacia Washington se basa sobre
todo en el sentimiento europeo de que Bush, con su unilateralismo, ha
pasado por alto sus intereses y recomendaciones.
Prueba de ello fueron el rechazo de Bush al Protocolo de Kyoto contra el
cambio climático y la Corte Penal Internacional, así como la invasión
de Iraq en marzo de 2003, pasando por alto a la Organización de las
Naciones Unidas (ONU).
Encuestadores y expertos en ciencia política señalan que el enojo y
resentimiento europeo es más que nada ”anti-Bush”, y no ”anti-estadounidense”.
Sin embargo, una eventual reelección de Bush este martes volvería
permanente la brecha en la alianza occidental.
”Esta elección estadounidense determinará el futuro de Europa y el
Occidente transatlántico”, opinó Timothy Garten Ash, profesor de la
Universidad de Oxford, en una columna publicada en el diario The
Washington Post.
”Si Bush es reelegido, muchos europeos tratarán de convertir a la Unión
Europea en una superpotencia rival de Estados Unidos”, advirtió.
Esa hipótesis parece improbable, en especial por la durabilidad de la
alianza occidental desde la segunda guerra y el hecho de que los intereses
económicos, empresariales y estratégicos de las dos partes son muy
similares.
Sin embargo, la coincidencia de intereses podría no ser suficiente para
mantener unidas a las dos partes. Después de todo, la alianza transatlántica
se remonta sólo a la guerra fría, cuando el temor a la Unión Soviética
unió a Estados Unidos y a Europa por primera vez en la historia.
En muchos sentidos, Bush y las fuerzas que lo apoyan han representado un
regreso a un período anterior, cuando los estadounidenses proclamaban
abiertamente ser lo mejor de la ”civilización occidental”.
Estados Unidos ha sido históricamente ambivalente hacia Europa. Los
primeros colonos, en su mayoría cristianos calvinistas, se consideraban,
al igual que los antiguos hebreos de Egipto, ”el pueblo elegido”,
salido de una Europa pecaminosa y decadente, para fundar el equivalente al
”nuevo Israel”.
A través de los siglos posteriores, los ”americanos” buscaron todo el
tiempo comparar sus logros en materia de arte, industria y ciencia con los
de las grandes potencias del otro lado del Atlántico, a la vez que
contrastaban sus valores morales y políticos cimentados en la democracia
con lo que consideraban la autocracia, las jerarquías rígidas y la
corrupción del ”viejo mundo”.
Este sentimiento de superioridad moral o política se confirmó en el
”aislacionismo” de Estados Unidos durante 150 años, dirigido sobre
todo a Europa, en contraste con América Latina, el Caribe o Asia, que en
algún momento formaron parte del ”destino manifiesto” de Estados
Unidos como promotor de la libertad.
Esas ideas experimentaron un resurgimiento con Bush, quien agregó explícitamente
a Medio Oriente a la lista de regiones a redimir mediante la ”misión
democrática” de Washington.
Bush, un cristiano conservador nacido en el estado de Texas, en medio del
”cinturón bíblico” estadounidense, es claramente parte de esa
tradición que considera a Estados Unidos como la fuerza de redención
moral del mundo.
Kerry, en cambio, vivió buena parte de su infancia en Europa y se formó
en el realismo de su padre, un diplomático del Departamento de Estado (cancillería)
que tuvo un papel importante en la reconstrucción y unificación de
Europa occidental y su integración a la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN), la alianza militar transatlántica.
El rechazo de Kerry al mesianismo y al sentimiento de superioridad
estadounidense frente a Europa difícilmente lograría cambios inmediatos
en la política exterior, en especial por la oposición en el Congreso
legislativo, pero podría al menos empezar a cerrar la brecha transatlántica.
(FIN/2004)
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