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Hiroshima, una
batalla perdida
Por Humberto Márquez
CARACAS, 5/08/2005 (IPS) - El lanzamiento 60 años atrás de la bomba
atómica sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, pudo ser la noticia más
impactante del siglo XX, pero la manipulación informativa dirigida por
Washington y Tokio disolvió el impacto educativo de esa tragedia y trocó
al periodismo en agente cómplice de la guerra.
A conclusiones como esta llega un libro de Silvia González, periodista
venezolana e investigadora del Colegio de México, ”Hiroshima, la
noticia que nunca fue”, tomando ese episodio para mostrar cómo se
censura la información en tiempos de conflicto.
Con base en ese ”modelo atómico” de comunicación, seis décadas
después ”se repiten las prácticas manipuladoras desde los círculos de
poder, y se divulgan informes inexactos o apresurados, exagerados o
parciales, o rumores, que pueden afectar hasta el largo plazo la percepción
del público”, advirtió González en entrevista con IPS.
A las ocho y doce minutos de la mañana del 6 de agosto de 1945, en las
postrimerías de la segunda guerra mundial, el bombardero estadounidense
B-29 Enola Gay dejó caer sobre Hiroshima el artilugio bautizado Little
Boy (niñito), que estalló a 300 metros sobre la ciudad, para aumentar su
alcance letal, con una explosión de una magnitud equivalente a 12.000
toneladas de dinamita.
Se calcula que más de 80.000 de los 250.000 habitantes de Hiroshima
murieron ese día y al menos otros 60.000 en las semanas siguientes, víctimas
de las quemaduras causadas por las radiaciones de uranio y los incendios
causados por la bomba.
Tres días después, Estados Unidos lanzó una segunda bomba, de plutonio,
sobre Nagasaki, otra ciudad japonesa, causando otras 80.000 víctimas, lo
que forzó la rendición incondicional del imperio del sol naciente.
El 7 de agosto de 1945, los diarios japoneses dedicaron apenas unas pocas
líneas a informar que aviones B-29 habían arrojado bombas incendiarias
sobre Hiroshima ”causando unos cuantos daños”, según la escueta reseña
del rotativo Asahi.
En la prensa estadounidense, en cambio, hubo una explosión informativa.
”Solamente The New York Times, al día siguiente de la detonación de la
bomba, hizo 209 menciones de las palabras átomo y atómico”, según la
investigación de González.
Estados Unidos había pasado una primera etapa de silencio, impuesto
oficialmente, desde que en 1942 comenzó el Proyecto Manhattan, de
experimentos atómicos de carácter militar. La Oficina de Censura del
gobierno entregó el 28 de junio de 1943 una directiva a 2.000 diarios,
1.000 semanarios y a la mayoría de estaciones de radio, con prohibición
expresa de informar sobre la materia.
Pero desde el 6 de agosto hubo un giro, para apuntalar en los medios la búsqueda
de la rendición japonesa, pero la censura en la etapa previa sirvió para
que la Ley de Energía Atómica de 1946 advirtiese de penas de muerte o cárcel
de por vida a quien diseminase escritos, fotografías u otras piezas
informativas que pudiesen lastimar a Estados Unidos.
La utilidad de la restricción sobre la información antes de la bomba, y
la conducción del debate después de su estallido permitieron a los círculos
del poder en Washington, según González, subsumir temas como la
propuesta de científicos e intelectuales al presidente de entonces, Harry
S. Truman, quien ordenó la acción del Enola Gay.
El Reporte Franck, de siete científicos encabezados por James Franck,
premio Nobel de Física en 1925, recomendó a Truman el 11 de junio de
1945 que con la bomba ”no se atacase una ciudad sino que se hiciera una
demostración abierta, para mostrar a Japón y al mundo el poderío
estadounidense”, recordó González.
Pero ”ni el Congreso (legislativo), ni los medios, ni la sociedad, y ni
siquiera círculos políticos cercanos al núcleo de poder accedieron a
información sobre tales iniciativas”, y el resultado fue que Truman
”tomó una decisión sin considerar los principios de participación que
se suponen valores fundamentales en una democracia”, añadió.
Los iniciales reflejos japoneses fueron similares, pues su físico Yoshio
Nishina, quien encabezaba proyectos sobre el átomo en Tokio, corroboró rápidamente
que la explosión en Hiroshima era un ataque nuclear, pero el comando
militar nipón ordenó a los medios no usar ese término sino hablar de
”un nuevo tipo de bomba”.
En la inmediata posguerra tras la rendición de Tokio el 15 de agosto, y
ocupado Japón por fuerzas estadounidenses, los mandos aliados implantaron
una censura de prensa en el archipiélago para revisar todas las
informaciones referidas a energía atómica, bombardeos y sus resultados
sobre la población civil.
La división de censura en Japón llegó a ser tan compleja que en el
verano boreal de 1946 laboraban en ella 6.000 personas, que intervenían
todo tipo de comunicación, desde correspondencia y conversaciones telefónicas
hasta el cine y los carteles. La prensa pasaba por una censura previa y
una post-censura.
La labor periodística padeció por partida doble: la información cerrada
sobre la bomba restringió el derecho de los periodistas para acceder a la
información, y la no divulgación coartó la libertad de expresión.
”Los periodistas resultaron incapaces de atender el derecho del público
a informarse, fueron a la vez víctimas y cómplices”, sentenció González.
En su investigación, González sometió un cuestionario a 400
periodistas, de ellos 180 de Estados Unidos, 180 de Japón, y 40 de otros
países. Entre 15 acontecimientos del siglo XX, 78 por ciento de ellos
ubicó en primer lugar el lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima.
Resultados similares consiguieron en encuestas el museo de noticias
Newseum, de Washington, y la agencia noticiosa estadounidense AP, por lo
que la tragedia de Hiroshima ”pudo ser la noticia de mayor impacto del
siglo XX”, pero la censura y la manipulación cortaron y mermaron su
trascendencia.
”Hubo muchas historias que no se contaron, crónicas que no se
escribieron y hasta la fecha laten bajo tierra, sepultadas con las víctimas.
La noticia fue disimulada y se arrastró por días, meses y años, hasta
quedar silenciada”, deploró González.
En el marco de la actual década de la paz decretada por la Unesco
(Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la
Cultura), la periodista postula que el periodismo debe insistir en
”investigar para conocer, conocer para divulgar, y divulgar para crear
conciencia”. (FIN/2005)
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