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Escasez de tierras mata a niños
indígenas
Mario Osava
RÍO DE JANEIRO, 9/3/2005 (IPS) - ”No
queremos ser objeto de caridad o de proyectos paternalistas”,
advirtieron líderes de la etnia guaraní-kaiwoá que viven en el estado
de Mato Grosso do Sul, en el centro-oeste de Brasil, donde el hambre mató
a por lo menos ocho niños indígenas este año.
La divulgación de estas muertes y de la desnutrición
de centenares de niños conmueve al país desde el mes pasado, generando
nuevas presiones por medidas gubernamentales para resolver la crisis.
La tragedia de los kaiwoá, subdivisión del pueblo guaraní que se
repartió por varias partes de Brasil, además de Paraguay y Argentina, es
más inquietante porque se trata del mismo grupo que hace diez años se
hizo conocido por un auge de suicidios, especialmente entre sus jóvenes.
”Necesitamos un proyecto estructurante”, dijo a IPS Anastacio Peralto,
uno de los miembros de la Comisión de Derechos Indígenas de los Kaiwoá,
que divulgó el domingo un manifiesto denunciando la desnutrición como
resultado principalmente de ”la pérdida de la tierra, que conduce a la
desorganización de nuestra economía”.
La condición básica es la tierra, pero también es indispensable que se
creen condiciones para ”volver a los cultivos tradicionales”, como
mandioca, maíz y banano, reforestar y que los indígenas cuenten con
asistencia técnica, escuelas bilingües (con enseñanza en guaraní-y
portugués) y viviendas, sostuvo Peralto.
”Nos dieron tractores, pero no tenemos quien los maneje”, y sin
capacitación no es posible incorporar las tecnologías hoy indispensables
para la producción agrícola, afirmó.
La sucesión de muertes de niños guaraníes abrió los ojos de la prensa
y las autoridades ante un drama que, según ahora se divulga, se extiende
a muchos otros pueblos indígenas, en algunos casos con índices de
mortalidad superiores.
”Esas muertes están dentro de los números que normalmente ocurren”,
y no son más que en años anteriores, indicó el ministro de Salud,
Humberto Costa, para sorpresa e indignación de muchos.
La Fundación Nacional de Salud (Funasa), órgano del ministerio dirigido
por Costa, trató de relativizar los hechos de otra forma, al destacar que
la mortalidad infantil entre todos los indígenas brasileños bajó de 112
por mil nacidos vivos en 1999, cuando ese organismo asumió la asistencia
a ese sector, a 47 por mil el año pasado, según su Departamento de Salud
Indígena.
Pero esa proporción es muy superior a la registrada en el conjunto de la
población brasileña, que fue de 27 por mil nacidos vivos en 2003.
La proporción de personas desnutridas entre indígenas de Mato Grosso do
Sul también bajó mucho desde 2003, de 26 a 16 por ciento, según el
coordinador local de la Funasa, Francisco Kickmann.
Las muertes divulgadas de niños indígenas en el estado desde enero son
el doble de las ocho reconocidas como producto de la desnutrición. Las
demás fueron atribuidas a diarreas, problemas respiratorios u otras
causas, pero los médicos admiten que la insuficiencia alimentaria pudo
agravar el efecto de esos males.
En Dourados, el municipio donde es más grave el problema, se evaluó la
situación de cerca de 2.000 niños de hasta cinco años desde enero, y
294 quedaron en tratamiento para recuperarse de desnutrición. Actualmente
46 están internados y la Funasa anunció el lunes que 20 camas en el
Hospital Universitario local de dedicarían a atender nuevos casos.
”Los indígenas no se alimentan debidamente porque no tienen dónde
sembrar”, y eso ocurre porque hace un siglo que les quitan tierras en
Mato Grosso do Sul, debido a ”una acumulación de errores de los
gobiernos”, dijo a IPS el antropólogo Rubem de Almeida, que acompaña
desde hace tiempo el drama de los kaiwoá.
Los guaraníes, divididos en los subgrupos kaiwoá y ñandeva, son unos
35.000 en el sur del estado, y viven en varias zonas que suman unas 40.000
hectáreas. Es poca tierra, especialmente porque sus alrededores han sido
deforestados por el avance de la ganadería y la agricultura,
especialmente en los últimos 30 años, observó.
La lucha de esos indígenas por recuperar condiciones para que sea viable
su modo de vida trqdicional, aunque sea parcialmente, puede afrontar
nuevas circunstancias adversas.
Un grupo kaiwoá, de ”unas 200 familias” según Peralto, está en
peligro de perder la mayor parte de las 500 hectáreas que habitan en el
Cerro Marangatú del municipio Antonio Joao, a 230 kilómetros de Dourados.
Un fallo de la Justicia reconoció que ese terreno es propiedad de algunos
hacendados y ordenó el desalojo de los indígenas.
En Mato Grosso do Sul los gobiernos concedieron muchas tierras a
particulares para expandir la agricultura en los últimos 70 años, observó
Egon Heck, coordinador local del Consejo Misionero Indigenista, vinculado
con la Iglesia Católica.
Así se recortaron las áreas indígenas y se deforestó la región.. Pero
la Constitución Nacional de 1988 reconoció el derecho de los nativos a
las tierras tradicionalmente ocupadas por ellos, y eso permitió que
recuperaran parte de ellas, en un proceso que implicó numerosos
conflictos por todo el país.
En el caso de Marangatú, una jueza de apelación suspendió la orden de
desalojo de los kaiwoá hasta el 31 de marzo, con la intención de dar
tiempo al gobierno para encontrar una solución, evitando una posible
confrontación y otra tragedia social.
La solución está en manos del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Almeida coordinó el estudio que demarcó el territorio indígena Nhande
Ru Marangatu, que ampliaría a 9.300 hectáreas las tierras a que tienen
derecho los kaiwoá. El area ya fue demarcada hace dos años, y sólo
falta la homologación presidencial para poner fin al litigio.
La intensa divulgación del drama indígena en Mato Grosso do Sul
representa una presión adicional sobre Lula, cuya hesitación en concluir
la demarcación de territorios indígenas viene provocando decepciones y
críticas entre indigenistas y ambientalistas. (FIN/2005)
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Escasez de tierras mata a niños
indígenas
Mario Osava
RÍO DE JANEIRO, 9/3/2005 (IPS) - ”No
queremos ser objeto de caridad o de proyectos paternalistas”,
advirtieron líderes de la etnia guaraní-kaiwoá que viven en el estado
de Mato Grosso do Sul, en el centro-oeste de Brasil, donde el hambre mató
a por lo menos ocho niños indígenas este año.
La divulgación de estas muertes y de la desnutrición
de centenares de niños conmueve al país desde el mes pasado, generando
nuevas presiones por medidas gubernamentales para resolver la crisis.
La tragedia de los kaiwoá, subdivisión del pueblo guaraní que se
repartió por varias partes de Brasil, además de Paraguay y Argentina, es
más inquietante porque se trata del mismo grupo que hace diez años se
hizo conocido por un auge de suicidios, especialmente entre sus jóvenes.
”Necesitamos un proyecto estructurante”, dijo a IPS Anastacio Peralto,
uno de los miembros de la Comisión de Derechos Indígenas de los Kaiwoá,
que divulgó el domingo un manifiesto denunciando la desnutrición como
resultado principalmente de ”la pérdida de la tierra, que conduce a la
desorganización de nuestra economía”.
La condición básica es la tierra, pero también es indispensable que se
creen condiciones para ”volver a los cultivos tradicionales”, como
mandioca, maíz y banano, reforestar y que los indígenas cuenten con
asistencia técnica, escuelas bilingües (con enseñanza en guaraní-y
portugués) y viviendas, sostuvo Peralto.
”Nos dieron tractores, pero no tenemos quien los maneje”, y sin
capacitación no es posible incorporar las tecnologías hoy indispensables
para la producción agrícola, afirmó.
La sucesión de muertes de niños guaraníes abrió los ojos de la prensa
y las autoridades ante un drama que, según ahora se divulga, se extiende
a muchos otros pueblos indígenas, en algunos casos con índices de
mortalidad superiores.
”Esas muertes están dentro de los números que normalmente ocurren”,
y no son más que en años anteriores, indicó el ministro de Salud,
Humberto Costa, para sorpresa e indignación de muchos.
La Fundación Nacional de Salud (Funasa), órgano del ministerio dirigido
por Costa, trató de relativizar los hechos de otra forma, al destacar que
la mortalidad infantil entre todos los indígenas brasileños bajó de 112
por mil nacidos vivos en 1999, cuando ese organismo asumió la asistencia
a ese sector, a 47 por mil el año pasado, según su Departamento de Salud
Indígena.
Pero esa proporción es muy superior a la registrada en el conjunto de la
población brasileña, que fue de 27 por mil nacidos vivos en 2003.
La proporción de personas desnutridas entre indígenas de Mato Grosso do
Sul también bajó mucho desde 2003, de 26 a 16 por ciento, según el
coordinador local de la Funasa, Francisco Kickmann.
Las muertes divulgadas de niños indígenas en el estado desde enero son
el doble de las ocho reconocidas como producto de la desnutrición. Las
demás fueron atribuidas a diarreas, problemas respiratorios u otras
causas, pero los médicos admiten que la insuficiencia alimentaria pudo
agravar el efecto de esos males.
En Dourados, el municipio donde es más grave el problema, se evaluó la
situación de cerca de 2.000 niños de hasta cinco años desde enero, y
294 quedaron en tratamiento para recuperarse de desnutrición. Actualmente
46 están internados y la Funasa anunció el lunes que 20 camas en el
Hospital Universitario local de dedicarían a atender nuevos casos.
”Los indígenas no se alimentan debidamente porque no tienen dónde
sembrar”, y eso ocurre porque hace un siglo que les quitan tierras en
Mato Grosso do Sul, debido a ”una acumulación de errores de los
gobiernos”, dijo a IPS el antropólogo Rubem de Almeida, que acompaña
desde hace tiempo el drama de los kaiwoá.
Los guaraníes, divididos en los subgrupos kaiwoá y ñandeva, son unos
35.000 en el sur del estado, y viven en varias zonas que suman unas 40.000
hectáreas. Es poca tierra, especialmente porque sus alrededores han sido
deforestados por el avance de la ganadería y la agricultura,
especialmente en los últimos 30 años, observó.
La lucha de esos indígenas por recuperar condiciones para que sea viable
su modo de vida trqdicional, aunque sea parcialmente, puede afrontar
nuevas circunstancias adversas.
Un grupo kaiwoá, de ”unas 200 familias” según Peralto, está en
peligro de perder la mayor parte de las 500 hectáreas que habitan en el
Cerro Marangatú del municipio Antonio Joao, a 230 kilómetros de Dourados.
Un fallo de la Justicia reconoció que ese terreno es propiedad de algunos
hacendados y ordenó el desalojo de los indígenas.
En Mato Grosso do Sul los gobiernos concedieron muchas tierras a
particulares para expandir la agricultura en los últimos 70 años, observó
Egon Heck, coordinador local del Consejo Misionero Indigenista, vinculado
con la Iglesia Católica.
Así se recortaron las áreas indígenas y se deforestó la región.. Pero
la Constitución Nacional de 1988 reconoció el derecho de los nativos a
las tierras tradicionalmente ocupadas por ellos, y eso permitió que
recuperaran parte de ellas, en un proceso que implicó numerosos
conflictos por todo el país.
En el caso de Marangatú, una jueza de apelación suspendió la orden de
desalojo de los kaiwoá hasta el 31 de marzo, con la intención de dar
tiempo al gobierno para encontrar una solución, evitando una posible
confrontación y otra tragedia social.
La solución está en manos del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Almeida coordinó el estudio que demarcó el territorio indígena Nhande
Ru Marangatu, que ampliaría a 9.300 hectáreas las tierras a que tienen
derecho los kaiwoá. El area ya fue demarcada hace dos años, y sólo
falta la homologación presidencial para poner fin al litigio.
La intensa divulgación del drama indígena en Mato Grosso do Sul
representa una presión adicional sobre Lula, cuya hesitación en concluir
la demarcación de territorios indígenas viene provocando decepciones y
críticas entre indigenistas y ambientalistas. (FIN/2005)
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