El pasado no persigue a John
Negroponte
Análisis de Jim Lobe
WASHINGTON, 30 abril 2004 (IPS) - John
Negroponte, designado embajador de Estados Unidos en Iraq, especuló
frente al Comité de Relaciones Exteriores del Senado sobre cuánta "soberanía"
deberá tener el próximo gobierno nacional del país del Golfo.
El asedio estadounidense a la ciudad iraquí de
Faluya "es el tipo de situaciones que deberán ser sometidas a un diálogo
real entre nuestros comandantes militares, el nuevo gobierno iraquí y,
creo, la misión de Washington (en Bagdad) también", según
Negroponte, quien representaba a su país ante la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) en el momento de su última designación.
Esa frase fue demasiado, creyó el activista por la paz y los derechos
humanos Andrés Thomas Conteris, director del programa latinoamericano de
Nonviolence International, presente en la sala de audiencias del Senado
cuando fue pronunciada.
Entonces, se puso de pie y, con voz resuelta, dijo: "No hay soberanía,
señor embajador, si Estados Unidos continúan ejerciendo (el control de)
la seguridad. Senadores, por favor, pregúntenle al embajador sobre el
Batallón 316. Pregúntenle sobre el escuadrón de la muerte al que apoyó
en Honduras."
Los funcionarios de seguridad del Congreso se apresuraron a enfrentarse
con Conteris y lo escoltaron fuera de la sala. Mientras, el presidente del
Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Richard Lugar, llamó al
orden.
Negroponte, un diplomático de carrera de modales suaves como la seda que
maneja con fluidez cinco idiomas, siguió con su testimonio como si nada
hubiera sucedido.
Todos en la sala de audiencias sabían exactamente de qué hablaba
Conteris. Pero los senadores ignoraron la interrupción, repitieron
elogios a Negroponte por su distinguida carrera y por el coraje que
demostraba al asumir una tarea tan desafiante y potencialmente peligrosa.
Solo dos senadores aludieron a Honduras, si bien oblicuamente, al sugerir
que, si bien lo apoyaban ahora, tenían algunas diferencias con
antecedentes remotos del funcionario.
Con el aval del Comité en la mano, Negroponte, quien ocupó altos cargos
en la Casa Blanca y en el Departamento de Estado y que encabezó las
Embajadas de su país en Ecuador, Honduras, México y Filipinas, se
apresta a dirigir la que será desde julio la mayor sede diplomática de
Estados Unidos.
Esa Embajada abrirá sus puertas en Bagdad luego de que la "soberanía"
sea entregada a fines de junio de la Autoridad Provisional de la Coalición
ocupante a un gobierno iraquí. Negroponte estará al frente de casi 2.000
empleados, la mayoría de ellos estadounidenses.
Amigo de larga data del secretario de Estado (canciller) Colin Powell,
Negroponte es considerado generalmente un pragmático --más que un ideológo--,
si bien con una reputación de "duro" que se remonta a su tarea
como joven diplomático en el Vietnam de los años 60.
Algunos conocedores lo describen como una versión de bajo perfil del
hasta junio jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición, el
embajador L. Paul Bremer.
Pero Bremer no trabajó en Honduras.
"Hablé ante el Comité porque Negroponte se estaba refiriendo
entonces a la soberanía", dijo a IPS más tarde Conteris, hijo de
una uruguaya y que vivió en Bolivia y en Honduras. "Estuve en
Honduras cinco años, y sé el impacto de las políticas de Negroponte allí
a comienzos de los años 80."
"A Honduras se la conocía entonces como USS Honduras, pues lo
consideraban básicamente un portaaviones ocupado", explicó. Las
siglas "USS" ("United States Ship") preceden el nombre
de los buques militares estadounidenses.
Negroponte fue enviado a Tegucigalpa en los primeros meses del gobierno de
de Ronald Reagan (1981-1989), con la finalidad de convertir Honduras en
una base militar y de inteligencia dirigida contra la Nicaragua sandinista
y los insurgentes izquierdistas en el vecino El Salvador.
En los cuatro años siguientes, cumplió con creces la misión que se le
había encomendado al frente de la mayor Embajada de Estados Unidos en América
por ese entonces.
Negroponte y el jefe de la estación de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) en Tegucigalpa, Donald Winter, sellaron una alianza con el ambicioso
comandante del ejército hondureño, general Gustavo Álvarez Martínez,
quien admiraba e imitaba las técnicas de "guerra sucia" que
aprendió de los militares que gobernaron Argentina entre 1976 y 1983.
El régimen argentino envió asesores a Honduras a pedido de Álvarez, con
el objetivo de comenzar a construir una fuerza contrarrevolucionaria
nicaragüense, apoyada por Estados Unidos, que fue conocida luego como
"la Contra".
Hasta la llegada de Negroponte, Honduras era una nación tranquila y hasta
somnolienta en medio de una región turbulenta, y sus militares eran
considerados relativamente progresistas --aunque corruptos-- en comparación
con sus pares de los países vecinos.
Pero Álvarez cambió radicalmente esa imagen.
El militar creó una unidad especial de inteligencia de las Fuerzas
Armadas hondureñas denominada Batallón 316, que recibió entrenamiento y
equipos de la CIA y de la dictadura argentina.
Esa unidad fue, en realidad, un escuadrón de la muerte que secuestró y
torturó a cientos de "subversivos" reales o supuestos, 180 de
los cuales --entre ellos misioneros estadounidenses-- nunca volvieron a
aparecer. Esas actividades, inéditas en Honduras, se registraron mientras
Negroponte era embajador.
El diplomático, a quien la prensa hondureña se refería con frecuencia
como "el procónsul", supervisaba la expansión de dos grandes
bases militares utilizadas por fuerzas estadounidenses y
"contras" nicaragüenses.
Cuando el Congreso legislativo estadounidense restringió la capacitación
de soldados salvadoreños en el territorio de ese país, Negroponte "persuadió"
al gobierno de construir un Centro Militar de Entrenamiento Militar en
Honduras para adiestrarlos.
Y lo logró a pesar de la tradicional enemistad entre los dos países, que
se habían enfrentado en una sangrienta guerra menos de 15 años antes.
Negroponte defendió en numerosas oportunidades a Álvarez, a quien
calificó de "profesional modelo", y desacreditó reiteradamente
las denuncias sobre violaciones de derechos humanos, entre ellas las
referidas a los escuadrones de la muerte, que escandalizaban al Congreso
estadounidense.
En una carta que dirigió en 1982 a la revista británica The Economist,
aseguró que la existencia de esos escuadrones era "una simple
mentira". Dijo lo mismo ante el Congreso por esos días.
Los excesos de Álvarez fueron demasiado, aún para los militares hondureños.
En un golpe cuartelero que tomó por sorpresa incluso a Negroponte y a
Winter, el militar fue depuesto por sus propios camaradas en 1984.
Negroponte regresó a Washington ese mismo año.
En los últimos 20 años, nuevos detalles salieron a la luz sobre el
Batallón 316 y la situación de Honduras mientras Negroponte fue
embajador. A fines de 2001, cuando el presidente George W. Bush lo designó
al frente de la representación de la ONU, el diplomático insistió:
"Aun hoy, no creo que operaran escuadrones de la muerte en
Honduras."
Muchos observadores consideran poco creíbles para muchos, incluido el
predecesor de Negroponte en Honduras, quien asegura haber informado en
persona a su sucesor sobre los planes de Álvarez.
Y activistas de derechos humanos afirman haber logrado la liberación de
al menos dos secuestrados gracias a las gestiones de Negroponte, y
sugirieron que el diplomático estadounidense conocía a los responsables.
Expertos, activistas y legisladores confiaban en que los antecedentes de
Negroponte serían analizados por el Senado cuando se considerara su
designación como embajador en la ONU.
Pero la confirmación fue apresuradamente aprobada poco después de los
atentados terroristas que dejaron 3.000 muertos en Nueva York y Washington
el 11 de septiembre de 2001.
El gobierno de Bush argumentó que no había tiempo para largas audiencias,
dada la urgencia que tenía por hacer sentir su voz ante la ONU.
Ahora, Negroponte se dirige a Iraq para supervisar su democratización.
(FIN/IPS/traen-mj/jl/ml/ip hd ik/04) (FIN/2004)
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