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Carta
abierta a Benedicto XVI
Muy amado hermano:
Con gran tristeza he leído y
vuelto a leer la carta sobre los homosexuales en el seminario. Es a propósito
de ella que te molesto y te robo algunos minutos de tu valioso tiempo (bien
sé yo que ser el líder de la iglesia no es tarea fácil, no porque yo
haya sido líder, sino porque ser signo de comunión entre tanta
diversidad es tarea más grande que las fuerzas humanas)
Benedicto, el mismo día de tu
elección – que a mí no me tomó por sorpresa pues sabía que la línea
continuaría en nadie mejor que en ti (no vayas a pensar que tengo
conocimiento previo a las decisiones del Espíritu) – recibí muchas
llamadas y mensajes de católicos manifestando su desilusión. Mucha gente
temía que ibas a continuar la mano dura que te había caracterizado
mientras estabas al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
En un primer momento, quise salir
de la iglesia, pero decidí, por consejo de un misionero, esperar, darte
la oportunidad de mostrarnos qué clase de Papa ibas a ser. Acepté el
reto de superar mi prejuicio contra ti, y esperé.
Cuando me llegó la noticia de la
carta, supuse que era uno de esos rumores que corren entre los católicos
de vez en vez (como aquel rumor de que Norberto Rivera podía ser elegido
en tu lugar o como que quieres darnos un quinto dogma mariano proclamando
a María “corredentora del género humano”) Sacando fuerzas de
flaqueza, decidí esperar a ver qué pasaba.
Ahora que leo tu carta, mi querido
hermano, quiero confesarte mis sentimientos, no en confesión pública,
sino como una forma de decirte lo que veo desde este pequeño lugar que
ocupo en la Gran Iglesia.
Mi primer sentimiento es la rebeldía.
Te explico. A pesar de ser católico, hace algún tiempito puede superar
la atadura que une a los fieles a la obediencia ciega hacia tu persona y a
tus enseñanzas. De mis hermanos y hermanas que a lo largo de los siglos
han dedicado su vida a la teología, aprendí que tus palabras siempre han
de estar mediadas por la “recepción” por parte de los fieles. Aprendí
también que como aprendiz de teología tengo el derecho y el deber de
disentir siempre y cuando mi fe, mi teología y mi experiencia me lleven a
sospechar que puedes estar equivocado. Mi primer sentimiento, entonces, es
la rebeldía hacia lo que dice la famosa carta.
Luego, siento tristeza, infinita
tristeza de ver cómo las peores sospechas de muchos fieles sobre la
continuidad de la “mano dura” se van realizando, mejor que profecía
de Isaías. Amo a mi iglesia, amo a mis líderes y me duele en lo profundo
del corazón ver que la jerarquía de mi iglesia se va poniendo como en
tiempos del arrianismo: de lado equivocado del partido.
Siento, también, mucha ira. Sí,
no se si soy el único católico que puede decir abiertamente que esta
iracunado contra su Papa. Pues sí, hermano, tengo mucha ira hacia ti y
hacia la institución (que de ningún modo es la iglesia) a la que
pretendes defender con esta carta. Y mi ira es por tantos y tantos
homosexuales católicos, mis hermanos de pueblo y situación, que van a
seguir sintiéndose culpables, que van a seguir sufriendo porque les dices
que son lo que no son: inmorales, desordenados, inmaduros, peligrosos.
Y siento ira cuando pienso en los
homosexuales que están en los seminarios y que se van a enfrentar al
dilema de ser honestos o esconderse para realizar una vocación que tu no
puedes ni negar ni rechazar, porque no te pertenece, porque la vocación
es asunto de Dios.
¿O es que acaso no puede Dios
llamar a quien quiera? ¿No podrá Dios llamar y hacer sus obras a través
de las manos de un homosexual que se asume como tal, lo manifiesta y apoya
la cultura gay? ¿Quién, amado hermano, quién crees que eres tu para
decir a quien puede o no Dios llamar, de quién puede o no servirse? Tu
ministerio – que es el ministerio de Pedro – te da derecho a ser vínculo
de unidad, no a dar o quitar vocaciones.
Unido a lo anterior, siento ira
cuando pienso en los jóvenes homosexuales que han sentido un llamado a la
vida religiosa y que van a leer tu carta y van a dejar su vocación
truncada como muchos de mis amigos que fueron expulsados de los seminarios
por su tendencia homosexual y ahora viven partidos, incompletos, sin
realizarse plenamente, porque – como bien lo sabes – si Dios da una
vocación y ésta no se realiza, la persona no puede ser plenamente feliz.
En fin, querido Benedicto, que mis
sentimientos son estos y tales, ahora ya los conoces. ¿Qué más puedo
hacer?
Se me ocurren dos cosas, una es
para ti y otra para los homosexuales católicos:
A ti te digo, en el nombre de Dios
y desde el evangelio, que tu postura frente a las personas homosexuales no
es de un hermano, sino de un juez. Que estás alejándote del Señor
cuando firmas cualquier cosa que va a ser usada para perseguir, condenar y
rechazar a otro ser humano. ¡Estás equivocado, Santo Padre!
¡Hermano, aprovecha este tiempo de
Adviento para reconocer en tu corazón los caminos torcidos de la
homofobia y hacer rectos senderos de aceptación, de inclusión y de
respeto a los homosexuales! ¡Qué el nacimiento del Salvador te encuentre
limpio de toda participación y de toda sospecha de participación en el
rechazo de los homosexuales con motivos religiosos!
Y a mis hermanos homosexuales les
digo, en el nombre de Dios y desde el evangelio, que se sacudan el yugo de
la obediencia ciega a todo documento de la Santa Sede y que asuman su
corresponsabilidad como creyentes adultos que creen y saben criticar la fe
que tienen. Recuerden que esta no sería la primera vez que el Papa se
equivocara en algo y firmara un documento que, luego, sería hallado lleno
de errores (la condena a la libertad de culto, a la democracia, a la
igualdad de la mujer y la reticencia ante los Derechos Humanos que se
enarbolaron desde la Santa Sede sirvan de ejemplo de lo que digo)
¡Que el nacimiento del Señor los
encuentre con una fe renovada!
¡Atrévanse vivir la aventura de
saberse amados y aceptado totalmente por un Dios de Amor! ¡Conozcan al
Dios de Jesús, no a la caricatura que aprendieron de niños, y déjense
amar por ese Dios, déjense dar el abrazo que Dios puede llevar años
esperando darles!
Sin dejar de amarte y de orar por
ti.
José Álvaro Olvera I.
Comunidad Católica Vino Nuevo
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