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Conservadores de EEUU
con crisis de identidad
Análisis de Jim Lobe
WASHINGTON, 24/12/2005 (IPS) - Después de cuatro años de "guerra
contra el terrorismo", debería estar claro que la política del
presidente estadounidense George W. Bush difícilmente pueda calificarse
de "conservadora", como indican las convenciones periodísticas
usuales.
El carácter esencialmente radical de la política exterior, por ejemplo,
fue evidente casi desde el momento en que Bush se mudó a la Casa Blanca,
el 20 de enero de 2001.
En cuestión de semanas, su gobierno dejó en evidencia su falta de interés
en participar en los esfuerzos multilaterales para combatir el
recalentamiento del planeta o para promover el desarme.
Al menos, Bush mostró muy poco empeño en preservar el orden multilateral
que Estados Unidos había ayudado a promover durante el pasado medio siglo,
y así se arriesgó, incluso, a sembrar el enojo entre sus más cercanos
aliados europeos.
Aun así, en los primeros nueve meses del gobierno, los halcones --alianza
de neoconservadores, nacionalistas agresivos y la Derecha Cristiana--
estuvieron bajo el control de los denominados "realistas", que
habían dominado la política exterior durante 50 años.
Pero los atentados que dejaron 3.000 muertos en Nueva York y Washington el
11 de septiembre de 2001 rompieron las cadenas que restringían los
movimientos de los defensores de una visión unilateralista del mundo,
quienes pudieron así ensayar la creación de un "mundo unipolar".
En este nuevo escenario, Washington haría las normas, las aplicaría con
su abrumador poder militar y las dejaría de lado cuando se saliera con la
suya.
Tal concepto del orden mundial, ilustrado dramáticamente con la invasión
y ocupación de Iraq, provocó una rebelión en filas conservadoras.
Los "paleoconservadores" y algunos "libertarios"
fueron los primeros en desertar del gobierno, acusándolo de desarrollar
una política exterior incompatible con los valores republicanos, por su
intención de crear un imperio de gran poder militar y fuerzas prestas a
trasladarse a cualquier lugar del planeta.
"Una república, no un imperio": ése fue el título utilizado
por el paleoconservador Pat Buchanan para criticar, con un libro entero,
la política internacional del gobierno.
También expresaron grandes reservas los realistas que dominaron la política
exterior en el gobierno de George Bush, padre del actual presidente
(1989-1993), quienes, sin embargo, no se rebelaron abiertamente para no
quemar los puentes hacia el joven Bush.
A pesar del poderío militar dominante de Washington, argumentan, las
ambiciones unipolares suponen para el gobierno un riesgo de "exceso
imperial", con compromisos que sobrepasen la capacidad económica y
política del país para cumplirlos sin apoyo de otras naciones.
Estos compromisos también amenazan el actual orden mundial y las
instituciones que lo sostienen --incluida, por ejemplo, la Organización
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)--, de las cuales Estados Unidos
fue el principal creador y beneficiario. ¿Por qué los conservadores
querrían ponerlas en peligro?
Los conservadores también tildan de peligrosa y utópica la insistencia
del gobierno en ubicar en la cúspide de su agenda internacional la
exportación de la democracia. Esta concepción, afirman, es la antítesis
del pensamiento conservador, que tradicionalmente destaca el rol de la
cultura y la historia en el desarrollo político de otros países.
Las posiciones realistas son ampliamente compartidas tanto por los burócratas
de la seguridad nacional --quienes, en tanto burócratas, tienden a ser
conservadores por naturaleza-- como por los defensores a ultranza de la
Constitución, la más conservadora de las normas de Estados Unidos.
Para no manifestar sus opiniones en público por temor a represalias de un
gobierno que ha demostrado afán de venganza y terquedad, estos
funcionarios profesionales del servicio exterior, los servicios de
inteligencia y las fuerzas armadas en actividad --la mayoría de ellos del
Partido Republicano-- han ventilado sus críticas a través de sus colegas
retirados.
Entre ellos figuran figuras de fuste como el ex comandante en jefe del
Comando Central de Estados Unidos, general Anthony Zinni, el ex director
de la Agencia Nacional de Seguridad, general William Odon, y una creciente
cascada de críticos.
Todos estos conservadores disidentes --libertarios, realistas,
paleoconservadores y burócratas-- han demostrado la certeza de sus
preocupaciones acerca del radicalismo de la política exterior. Pero la
falta de interés del público por los asuntos internacionales le ha
restado impacto a sus cuestionamientos.
De hecho, los votantes republicanos, que tienden a ser más provincianos y
menos educados que los demócratas e independientes, se han inclinado por
darle la razón al gobierno, pues creen que la política exterior de Bush
sólo tiene impacto fuera de fronteras.
En ese sentido, Bush, el vicepresidente Dick Cheney y los halcones del
Congreso legislativo han tenido un acceso mucho mayor a los medios masivos
de comunicación que los conservadores disidentes.
En las últimas semanas, eso parece haber cambiado, pues comenzaron a
notarse más las implicancias domésticas de la política exterior, y no sólo
en lo que refiere al costo del mantenimiento de las tropas en Iraq y la
reconstrucción de ese país.
La última gran crisis en filas republicanas surgió por la revelación de
que el gobierno había ordenado, en secreto, intervenir las comunicaciones
entre ciudadanos estadounidenses y personas en el exterior sin el aval del
tribunal especial a cargo de supervisar esas operaciones.
La defensa de esas acciones por parte de Bush y Cheney empeoró la
percepción del público, al afirmar que el presidente tiene poderes
virtualmente ilimitados en su carácter de comandante en jefe en tiempos
de guerra.
De acuerdo con esas declaraciones, la presidencia podría pasar por alto
leyes aprobadas por el congreso, lo que causó consternación entre
legisladores conservadores que hasta ahora habían seguido con fidelidad
la línea dictada por el gobierno.
Según el punto de vista del gobierno, un presidente en tiempos de guerra
puede hacer las leyes, aplicarlas e ignorarlas si se interponen en su
camino, concepción que contradice el sistema de pesos y contrapesos que
establece controles recíprocos entre los poderes del Estado.
Y la división de poderes está en el corazón conservador de la
constitución estadounidense.
Frente a las cámaras de televisión, el analista republicano Bruce Fein
acusó a Bush de atribuirse "más poder que el rey Jorge (de
Inglaterra) en tiempos de la Revolución" que culminó con la
independencia de Estados Unidos.
"El presidente Bush representa un peligro claro para el estado de
derecho", volvió a advertir, en una columna publicada por el diario
conservador The Washington Times.
La también columnista conservadora Anne Applebaum, del diario The
Washington Post, advirtió que "el estado de derecho es más
fundamental para el éxito nacional que la democracia o la libertad, pues
sin él las otras no pueden existir".
"No hay democracia si el presidente, una vez elegido, puede cambiar
las normas", rezongó Applebaum.
Para el ex consejero de inteligencia de la Casa Blanca y ex senador
republicano Warren Rudman, la vigilancia de los ciudadanos son la
correspondiente autorización es "causa de gran preocupación".
Al discutirse la extensión de la Ley Patriótica antiterrorista a fines
de este mes, el senador republicano John Sununu citó al padre del
conservadurismo estadounidense, Benjamin Franklin: "Aquellos que
renuncian a las libertades esenciales para comprar un poco de seguridad
temporal no merecen ni la libertad ni la seguridad."
Aún está por verse si estos cuestionamientos florecerán en una
investigación legislativa más amplia sobre la visión presidencial de
las facultades del Poder Ejecutivo.
Pero la naturaleza radical de las ideas que prevalecen en la política
exterior del actual gobierno deberían obligar, al menos a los periodistas,
a revisar a quienes califican de conservadores y a quiénes no. (
(FIN/2005)
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