| Los Nacimientos de Pellicer
La verdadera alegría /está
en Cristo, Nuestro Señor./ su palabra, grande como el cielo, / es toda
amor –fragmento de “La verdadera alegría” de Carlos Pellicer-

Por Su Maje Doña Juana La Loca ©
Dedicada con todo mi cariño a
la Srita. Velvet Alejandra
Desde hace unos cuantos años Doña
Juana y Don Cutberto asisten religiosamente a la posada tradicional en
casa de Velvet quien no solo ofrece una singular y variada cena digna de
Su Majestad, sino también se conserva la tradición de pedir posada con
velas y luces de bengalas, así como romper la piñata con sus siete picos
–que representan los siete pecados capitales: gula, lujuria, pereza,
avaricia, ira envidia y soberbia-. Desde Pánfilo. la ardilla de la
familia, hasta la mamá de Velvet, todos lucen navideños con bufanda,
gorro y mitones; y no falta nunca el nacimiento y es que toda loca que se
respete; en algún momento de su vida ha gustado de la teatralidad de los
ritos religiosos y dentro de estos ritos, se encuentra para los católicos
la representación del nacimiento de Cristo.
A san Francisco de Asís,
fundador de la orden franciscana, se le atribuye el inicio de los
nacimientos, entre el 1200 y 1226 de nuestra era; cuando la navidad le
sorprendió en la ermita de Greccio y construyó una casita de paja a modo
de portal, puso un pesebre en su interior pidió prestado un buey, -no un
guey ni tampoco un gay- y un burro e invitó a un pequeño agrupo de gente
a reproducir la escena de la adoración de los pastores, tal fue su éxito
que esto se popularizó en toda Europa, y es en el siglo XV cuando en Nápoles
se monta por primera vez un nacimiento de barro; total que Carlos III,
ordenó que los nacimientos o belenes se extendieran y popularizaran en
todo el reino italiano y español.
Después
de que los primeros franciscanos llegarán a este Mi Reyno de la Nueva
España, lograron la evangelización a partir de la representación
teatral de las escrituras y también al introducir el nacimiento primero
en barro como en Metepec, Acatlán o Tlaquepaque aunque también podemos
encontrar algunas verdaderas obras de arte como figuras de marfil talladas
en Filipinas y en China. Algunos nacimientos de plata procedentes de
Zacatecas, Guanajuato e Hidalgo; o de madera estofada, pintadas y
esculpidas en Guatemala ¿Quién no vio hace algunos años el nacimiento
de cera, regalado al pueblo de México por el C. Dr. Ernesto Zedillo Ponce
de León producido tal vez en Celaya, Salamanca o Michoacán? ¿Quién no
se ha dado unas vueltas por aquellas casas donde los ponen en sus jardines
o que abren sus recámaras para deleitarnos con un sin fin de figuras de
nacimientos?
Hace un par de años nuestro
querido Germán Dehesa ha invitado a cientos de personas a que donen
piezas para un nacimiento en San Ildefonso, en parte para que la tradición
no se pierda, en parte para recuperar tal vez el espíritu de aquel poeta
de los contemporáneos que hizo de los nacimientos todo un evento; estoy
hablando de Carlos Pellicer. Su Majestad les recuerda que Carlitos era
toda una locatza, que desde el 16 de diciembre a punto de la primera
posada se ocupaba de ambientar el nacimiento en Sierra Nevada, Lomas de
Chapultepec; minuciosamente colocaba el primer misterio que compuesto por
el pesebre, San José, La virgen y los animales y de ahí se extendía a
todo lo que daba su imaginación. La Pellicer consideraba al árbol de
navidad como algo ajeno a nuestro pueblo, ya que su adorno no requería de
una gran imaginación.
Al contrario de nuestros tabasqueños
presidenciables, que bien podrían quedar junto a la representación del
infierno mismo cito a Pellicer “En mi pueblo [...] el Nacimiento más
famoso lo había una vieja de barrio, doña Chica Pérez, y que llenaba
una sala muy grande. Lo recuerdo perfectamente. Todo arreglado con heno o
“paxtle” y ramas de vegetación loca de mi tierra. Era un desorden de
todos los diablos. Doña Chica le ponía al Nacimiento cuanto encontraba
en los mercados y almacenes en punto a juguetería. Allí podían verse
corridas de toros de barro de Guadalajara y soldados japoneses de plomo,
animales de porcelana de Sajonia y un señor de levita recortado de la Ilustración
Española y americana y pegado en una tableta. Bueno, la cosa más
tremenda, deliciosa y absurda. Y los empujones para poder entrar y los
refrescos y empanaditas que frente a la casa de la buena señora lo
esperaban a uno a la entrada o a la salida”.
Doña Juana recuerda a su tía
Chelo, una ancianita de pelo blanco y gafas verde “fondo de botella
Coca-Cola” quien le enseño la teatralidad, la simetría, las obras de
ingeniería y la proporción que debía de guardar el nacimiento en su
conjunto; los misterios a elegir pues incluso ella empezaba con el sueño
de Jacob y finalizaba con la adoración de los Reyes y de manera similar a
Don Carlos Pellicer, adquiría figurillas, salía al campo a cortar ramos
que pareciera árboles, juntaba tierra y arena así como piedras bonitas
para hacer el pesebre. Las Navidades de Carlos Pellicer eran celebradas en
el mundo, millares de personas venían de todas partes y hacían fila para
pasar por un estrecho saloncillo donde podían apreciar el trabajo de ¡ocho
meses de anticipación! ¡ocho, mana! Ella empezaba por apropiarse de la
mitad de la sala donde armaba la bóveda celeste, osease el cielo con
madera delgada traída de California; para poner la representación
utiliza una tarima, todo tiene su tramoya, su maquinaria, su instalación
eléctrica. A pesar de que Carlos cuenta con más de doscientas cincuenta
figuras de cera, sabe que no puede utilizar más de 36 piezas; en algunas
ocasiones mandaba hacer con algún artesano piezas únicas para este
nacimiento.
El poeta era ayudado por amigos y
alumnos que le ayudaban a pintar, a decorar y poner cada pieza, cada rama
(árbol), roca o “montaña” en un lugar único; utilizaba luces
teatrales; que de repente al apagar las luces, se iluminaba. En el
nacimiento no faltaban paisajes diferente, en alguna ocasión sería el
Valle de México, el indicado para ser testigos del nacimiento de Cristo.
Se mostraba el Nacimiento primero a toda luz del día, luego se escuchaba
la voz grabada del poeta tabasqueño en un disco que deja una explicación
a manera de poesía sobre el motivo del belén de ese año. A medida que
el poema transcurre va pasándose del día a la noche mientras la estrella
va iluminando esa esperanza que es el Niño Jesús. Desde 1946 hasta 1976,
Pellicer escribiría textos ex profeso para sus nacimientos obras de arte
con una aportación única: el amanecer; la lucha del sol con las
tinieblas.
Del 16 de diciembre al 2 de febrero,
fecha de la Candelaria, Pellicer recibía en su casa de seis a nueve de la
noche, se tocaba el timbre de la casa de Sierra Nevada 779 y una vieja ama
de llaves abría y pasaba a los visitantes a un recibidor junto a la
escalera, por donde bajaba, nunca de inmediato; ¡ese era Carlos Pellicer!
Pellicer entonces empezaba a conversar, a recibir regalos hasta que abría
la puerta de una cochera que nunca sirvió para ello y en medio de la
expectación –pues ella, nos dejaba con la boca abierta con esos
nacimientos- ¡desaparecía!, ponía música y entonces se sentía, se
recreaba ahí mismo la adoración al niño Dios.
Para quienes no podían ir la salas
de cine mostraban en cortos el nacimiento y las revistas de época le
daban igual su jerarquía. Salvador Novo escribiría al respecto: “Este
año, Carlos Pellicer está seguro de haber superado la mutable tradición
de su acreditado Nacimiento. En realidad, ofrece la innovación de un
cielo semejante a un huevo por dentro, muy laboriosamente armado, y que a
merced al complicado juego de luces que describe el amanecer, el día, el
ocaso, cuando se hace la noche y desaparecen en su sombras las figuras de
cera...” Doña Juana espera ver en sus casa mucho y muy bonitos
nacimientos en recuerdo a Pellicer ¡Feliz Navidad! YO LA REYNA
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