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Tu rostro vacío, sin una máscara de
porcelana

Imagen: San Mateo por Franco
Sastre
Hoy escribo esta carta solo para mí. La dirijo a mi propia estupidez,
a mi propia cándida inocencia, a la inexcusable y vulgar mediocridad de
haber creído en que exististe, en haber caído en el laberinto de tus
palabras. Tus ojos, tras la máscara de porcelana, aún reflejan los
pasajes escondidos de la Venecia que conocimos ese primer verano. La
Venecia secreta, la amiga cómplice de nuestra locura, llena de frescas
mañanas y de noches bajo lunas moras, mientras te llevaba por tu canal
preferido hacia el cementerio de San Michele, donde tenías esa manía
extraña de sentarte sobre los primeros escalones de su gran entrada y
observar en quietud a nuestra querida ciudad desde la distancia, mojando
tus faldas en el agua, que besando el mármol, salpicaba tus botas nuevas.
Te gustaba sentir tu espíritu rodeado del "silencio eterno",
como llamabas a ese campo santo. Recuerdo todavía, la noche que
silenciándome con un gesto dijiste: "¡Calla! Óyelas susurrar sus
nombres".
A veces nos quedábamos allí, sentados juntos, acurrucados bajo mi
vieja capa y nos despertábamos con el sol saludándonos desde atrás de
la cúpula de la Iglesia Mayor, mientras oíamos sus campanadas.
Esta tarde aquel mismo sol, que calentaba nuestras espaldas durante las
largas caminatas por la tierra toscana, me sorprende dibujando un paisaje
que no existe sobre una hoja negra. Entre mas garabatos estampo, mas claro
puedo leer tu nombre sin lengua. Una pareja que desciende de una camioneta
me distrae por un momento con el ruido del cerrar de sus puertas y un
pastor alemán corre descontrolado y se arroja al agua mientras los
dueños, tomados de la mano, se unen en una carcajada. Es lindo verlos.
Ellos existen. Recuerdo esa transparente mañana de Domingo de Pascuas
cuando estaba la ciudad entera reunida frente San Marco para la bendición
de los huevos de oro que el duque presentaría a la duquesa en una
tradición centenaria; cuando el obispo, en toda su pompa, hacía la
bendición enfrente a la pareja real arrodillada en devoción, tu y yo
cruzamos corriendo la Gran Plaza desde el otro lado, causando un gran
alboroto entre las miles de palomas, haciendo que un solo instante se
remontaran en un vuelo circular por el espacio, causando tal estruendo que
el pobre Señor Obispo cayó de espaldas al suelo sobre su gran trasero
perdiendo su mitra y haciendo que los huevos cayeran rodando por los
escalones bajo el murmullo de sorpresa de todos los presentes.
Sin parar de reírnos corrimos sin detenernos a refugiarnos bajo el
puente de los Suspiros, donde casi sin aliento nos abrazamos en una
carcajada. Continúo concentrado en mi tarea, ahora es un nuevo poema que
me arrastra hasta el medio de mi lago tan querido y sumergiéndome, me
aplasta contra el fondo. Una tortuga pasa nadando, volteando su cabeza por
un instante y me escupe una burbuja. ¡Despierta, sobrevívele a tu muerte!
Y sigue su rumbo, como si yo no existiera, hacia lo más profundo del agua,
arrastrando con ella tu recuerdo.
Te esperé toda una semana frente a la puerta del palazzo. Adriana, la
más dulce de las nodrizas, salía todas las tardes, con la excusa de ir a
la iglesia de San Carlo a recibir la comunión, trayéndome noticias de tu
estado. La peste había entrado en tu casa y había raptado sin compasión
a tu hermano menor; el pobre Giovanni tenía solo dos años de vida. Te
habías quedado a su lado todo el tiempo, contradiciendo el deseo de tu
madre de irte a la campiña. Siempre lograste salirte con la tuya, siempre
con tu modo testarudo.
Los festones de seda negros cubrían todas las ventanas de tu casa y se
sacudían al viento, como tratando de jugar con la memoria del infante. No
puedo olvidar el rostro desesperado inundado en lágrimas de la cómplice
y protectora de nuestras aventuras, cuando en esa última tarde me dijo
que la maldita parca los había visitado de nuevo. Sin entender sus
palabras, me quedé mirándola, como si pudiera rescatar desde el fondo de
sus ojos tristes tu presencia.
Solamente cuatro días duró nuestra última aventura, un juego de
niños invisible, mudo, eterno. Cuatro días tardaste en irte. Te fuiste
sin despedirte, en silencio, salpicando tus botas nuevas con tu alma
sentada sobre los escalones de tu refugio, observando salir el sol tras
las cúpulas de la Iglesia Mayor, abrigando tus sueños bajo mi capa
solitaria.
El sol se acuesta nuevamente y cierra, con un suspiro cansado, la
última hoja de tu novela, mientras con mi frente arrugada yo la firmo con
tu nombre para siempre en una noche eterna. Tu memoria será como el musgo
de la roca en que me apoyo, fuerte, vibrante en su color primavera,
prendido a ella con olor a Vida, para siempre rodeada de tu tan querido
"silencio eterno", donde susurrarás, por primera vez, tu nombre
al viento.
F.S.
Dallas Mar.13 '05.
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