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Costa de Marfil: Altísima prevalencia de VIH-SIDA en el noreste
del país.
Bondoukou,
15 de marzo, IRIN: Olivier Oura, el único médico que ha recibido formación
para tratar a las personas que viven con VIH-SIDA en Bondoukou, cree que
las precarias condiciones de seguridad y la ausencia de comunicación, son
las causas de que esta ciudad al noreste del país sea la que tenga la más
grande prevalencia de VIH en el país.
“Mira,
en 2002, la región de Bondoukou tenía una tasa de prevalencia de 11%, la
segunda más elevada en el país, muy superior a la capital, Abidjan, que
tenía 7.4%,” explica Oura, señalando la pantalla de la computadora.
Apenas ha terminado la frase, una ruptura súbita de electricidad apaga la
computadora.
Las
estadísticas que él usa son obtenidas de un estudio nacional realizado
en 2002, al inicio de la guerra civil que azota a Costa de Marfil,
dividiendo al país en dos luego del fallido intento de golpe de estado de
las fuerzas rebeldes contra el presidente Laurent Gbagbo. La línea de
demarcación entre la región sur, en manos de las fuerzas del gobierno y
la región norte, controlada por las fuerzas rebeldes, atraviesa la región
de Zanzan, donde la capital es Bondoukou.
“Pienso
que hoy las estadísticas podrían ser más elevadas si tomamos en cuenta
los efectos de la guerra, sobre todo en las zonas bajo control rebelde,
pero de igual forma, las fronteras que están muy abiertas con Ghana y con
Burkina Faso, así como la persistencia de costumbres tales como la
poligamia,” dice Oura.
Bondoukou
se encuentra bajo control de las autoridades, pero la segunda ciudad en
importancia en la región, Bouna, a 150 kilómetros al norte, está en
manos de los rebeldes, por lo que carece de los servicios administrativos
y de salud del Estado. En la zona rebelde, no existen campañas de
sensibilización para prevenir a la población sobre los peligros del
VIH-SIDA. Además, los medio de prevención tan elementales como los
preservativos, son difíciles de conseguir, otra razón a considerar es
que los tratamientos son muy costosos.
“Es
un problema grave en una región con dos fronteras abiertas, con Burkina
Faso y Ghana. En Bouna, las gentes no tienen acceso a los tratamientos.
Tampoco pueden pagar los preservativos. Ahora soy el único doctor
responsable de VIH y SIDA en la región y para llegar a la consulta, los
enfermos deben pasar todas las barreras instaladas en la ruta, esto
implica gastos y preocupaciones. Sólo tengo un paciente de Bouna, que
viene todos los trimestres a recibir su tratamiento antirretroviral (ARV).
No sé cómo le hace para pagarlo,” plantea Oura.
Problemas Agravados por la Guerra
Las
fuerzas rebeldes y las tropas del gobierno han instalado puntos de control
en una parte y otra de la zona donde la supervisión de la paz se
encuentra a cargo de la Naciones Unidas. Los combatientes de ambas partes
beligerantes son célebres por los impuestos y las contravenciones que
imponen en los pasajeros y los vehículos.
Por
otra parte, la omnipresencia de los militares, de cualesquiera parte que
pertenezcan, forma otro obstáculo a los trabajadores humanitarios,
quienes intentan combatir la pandemia del SIDA.
“La
tasa de prevalencia es generalmente más elevada entre los militares que
en el seno de la población civil. Y ustedes saben cómo se comportan
luego de pasar algún tiempo en combate, con una mujer bajo el brazo,”
dice Oura.
Antes
de la guerra, esta región de Costa de Marfil y sus campesinos, la lucha
contra el SIDA era ya complicada, por el hecho de la extrema pobreza de la
población. Pero el conflicto ha agravado esta situación, incluso en la
zona controlada por las fuerzas gubernamentales. “Numerosas familias han
resultado heridas al querer dar alojamiento a parientes que vienen del
norte huyendo de los combates,” explica Oura.
Fatou
(aunque este no es su nombre real) es una paciente de Oura y lucha por
pagarse su tratamiento ARV. Ella debe tener unos 30 años pero jamás ha
ido a la escuela. Hoy ella vive de su pequeño comercio de verduras y
productos alimentarios.
“Anteriormente,
podía contentarme con lo que ganaba, pero ahora no gano lo suficiente
como para pagar mis medicinas. Cada mes, debo pedir dinero a mi padre,
pero él es viejo y cansado,” dijo ella.
Fatou
está casada desde que tenía 14 años de edad y tuvo su primer hijo a un
año de haber contraído nupcias. Su marido ha muerto por complicaciones
relacionadas con el SIDA hace cinco años.
“Ella
sabe, al menos, que es seropositiva. Hay mucha gente en su caso que no
sabemos y que no están bajo ningún tratamiento o que no conocen su
estado serológico,” explica Oura.
Para
Oura, el caso de Fatou es muy raro en el sentido de que ella ha revelado
su serpositividad a sus padres y que ellos no la hayan rechazado.
“Aquí,
la estigmatización alrededor del VIH es un problema grave. Tengo una
treintena de pacientes en tratamiento y ninguno de ellos ha revelado su
serpositividad a sus familias,” precisa Oura.
Fatou
recuerda que a los 13 años un hombre que debía tener el doble de su edad
la solicitó en matrimonio a su padre. El se convirtió en su marido y su
muerte convirtió a Fatou en uan viuda por SIDA.
“Yo
fui su primer mujer. Hay otras tres, todas más jóvenes que yo. Dos de
ellas ya han muerto,” cuenta Fatou en Malinké, el idioma hablado por la
mayoría de la población en el norte de la Costa de Marfil y en la mayor
parte de los países de Sahel.
Fatou
asegura que, a pesar de la diferencia de edades, como pareja jamás
discutieron. De todas formas, él estaba en general ausente de Bondoukou.
“El
era conductor de camiones y se dirigía a Abidjan, a Burkina Faso o a Níger.
Una vez, estuvo ausente por un año; otra vez, él se fue después de
cinco meses,” dijo ella con tranquilidad.
Conforme
a las costumbres locales, luego del matrimonio, Fatou y sus co-esposas
continúan viviendo en casa de sus padres y cuando su marido regresaba de
sus viajes, él dividía su tiempo entre el domicilio de sus cuatro
esposas.
Hasta
donde ella sabe, su marido no tenía otras mujeres en otras ciudades. Para
Oura, esta costumbre local tiende a propagar el virus del VIH. “Es muy fácil
para los hombres tener muchas mujeres. Y contrariamente, a las prácticas
en vigor en otras regiones donde la poligamia es práctica común, él
pudo dejar a sus mujeres en casa de sus propios padres,” explica el
doctor.
El
hijo menor de Fatou viene sobre sus rodillas; a los cinco años, también
es seropositivo. El tratamiento ARV que toman el hijo y la madre cuesta
$22,000 CFA (45 dólares) por trimestre. Aunque los exámenes de sangre
son gratuitos en el centro médico de Bonguera, una localidad a tres horas
de Bondoukou, el transporte de las muestras es pagado. Y no sólo es el
costo de los medicamentos lo que implica un problema para Fatou.
“Puesto
que eres seropositivo, debes comer correctamente y, para hacerlo,
necesitas dinero,” explica Oura. En este sentido, el Programa
Alimentario Mundial (PAM) ofrece raciones alimenticias a las personas
seropositivas, pero estas raciones no son suficientes, deplora el médico.
De
aspecto delicado, Fatou admite que comprar los alimentos para sus hijos y
ella es un lujo, pero que ella toma especial cuidado en la salud de su
hijo seropositivo. Además, Fatou necesitará ahorrar el dinero suficiente
para continuar su tratamiento ARV. Sin este tratamiento, ella sabe que el
tiempo para ella estaría contado y ella desea ver a sus dos hijas mayores,
que no son seropositivas, concluir sus estudios. “Necesito que la vida
les reserver un destino mejor,” concluyó ella. © UN Office for the
Coordination of Humanitarian Affairs 2005/Traducción al castellano ©
Enkidu.
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