Donde patria significa
humillación
Por Ushani Agalawatta
”Antes de la intifada de 2000 yo era muy
optimista... pero ya no. Todos nos sentimos frustrados en nuestra pequeña
prisión”, manifestó Sawsan Aishe, una palestina de 24 años egresada
de la Universidad An Najah, en Naplusa, Cisjordania.
NAPLUSA, Cisjordania, 25/07/2005 (IPS) - Cisjordania ha estado bajo
intensos ataques de las fuerzas de ocupación de Israel desde que empezó
en septiembre de 2000 la intifada (insurrección) de Al Aqsa, llamada así
por la mezquita de Jerusalén oriental donde estalló la violencia.
Muchos edificios históricos yacen en ruinas y la población está
traumatizada por los ataques que fuerzas israelíes lanzan en medio de
centros urbanos, a la caza de extremistas islámicos supuestos o reales.
En Cisjordania (margen occidental del río Jordán) viven cerca de dos
millones de palestinos; en la Franja de Gaza (al oeste de Israel, sobre el
Mediterráneo), alrededor de un millón, y unos 240.000 en Jerusalén
oriental, a la que reivindican como la capital de su futuro estado.
Naplusa tiene un cuarto de millón de habitantes. El movimiento hacia
dentro y especialmente hacia fuera de la ciudad es estrictamente vigilado
por fuerzas israelíes. La ciudad es conocida por tener los dos puestos de
control fronterizos más severos de Cisjordania: Huwwara y Bayt Eba.
Huwwara ha sido escenario de numerosas humillaciones para los palestinos.
Cientos de personas forman fila a diario, bajo el sol agobiante del verano
o en pleno invierno, con sus documentos de identidad en mano, esperando
que soldados israelíes armados con metralletas M16 les permitan pasar a
través de una puerta giratoria.
Estas medidas restrictivas y las incursiones nocturnas de Israel en la
ciudad y aldeas de los alrededores han dañado la infraestructura del
lugar y la psiquis de su población.
Últimamente han aumentado los ataques de colonos israelíes que se
resisten a ser evacuados de la franja de Gaza y el norte de Cisjordania.
La evacuación, dispuesta unilateralmente por el primer ministro israelí
Ariel Sharon, comenzará a mediados de agosto.
Khawla Isleem, madre de cinco niños, sueña con que sus hijos tengan
”una vida mejor que la de su madre”. Isleem nació en Kuwait, pero
volvió con su familia a Palestina en 1967 (año de la guerra en que
Israel tomó Palestina y otros territorios árabes) para recuperar su
identidad y su tierra.
”Fue muy difícil, pero debíamos volver”, dijo a IPS.
Según Isleem, la vida en Naplusa era mucho mejor antes de la segunda
intifada. ”La economía andaba bastante bien y la educación era buena,
y podíamos ir y venir sin mucha dificultad... Pero el primer año de esta
intifada (2000-2001) fue horrible; no era vida”, contó.
La Oficina Central de Estadísticas de Palestina reveló que el ingreso de
65,2 por ciento de los hogares palestinos disminuyó durante la actual
intifada, y que 53,9 declararon que perdieron más de la mitad de sus
ingresos habituales.
La vida es especialmente difícil para los jóvenes, que no tienen
opciones. Isleem tiene dos hijas que se graduaron en la universidad.
”Muchos de nuestros jóvenes están muy bien preparados, pero no hay
trabajo... Es común que las jóvenes decidan casarse e iniciar una
familia cuando ven que no pueden trabajar en lo que han estudiado”, contó
la mujer.
Aishe trabaja como voluntaria en una organización no gubernamental
palestina desde que se graduó, este año. También da clases de
conversacion de inglés y de artesanías en un campamento de verano local.
”Conseguir un trabajo es muy difícil, no hay opciones. Prefiero hacer
algo, aunque sea en forma honoraria”, contó.
La vida de los palestinos es siempre inestable, pero lo que los hace
sentir más vulnerables es la noche. ”Es cuando las fuerzas israelíes
entran en nuestra ciudad. Hoy puede ser un día normal, pero nadie sabe qué
ocurrirá durante la noche, y mañana ya nada podría ser lo mismo”,
dijo Isleem.
Yusra Aqqad, de 19 años, creció durante la primera intifada (1987-1993)
y desde hace cinco años vive la segunda. ”Desde que era niño conozco a
los soldados israelíes, el sonido de las balas y los gritos de las madres
que buscan a sus esposos e hijos”, contó.
Aishe tiene recuerdos similares. ”De niña me escondía detrás de las
cortinas de mi casa cuando escuchaba que soldados o colonos israelíes habían
entrado en nuestra aldea. Nunca olvidaré la destrucción que padecimos y
seguimos padeciendo. Es como un león que se come a una cebra”, expresó.
La joven teme que alcanzar sea imposible, pero no deja de soñarla.
”Quiero que mis hijos vivan como otros niños del mundo”, dijo. (FIN)
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