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Esclavitud invisible
para la justicia
Por Marcela Valente
BUENOS AIRES, 30/11/2005 (IPS) - "Nos explotan y nos amenazan
con la policía. Cuando era soltero podía reclamar derechos, pero con
tres niños tengo que humillarme y someterme a esclavitud", dijo a
IPS José Orellana, un boliviano que logró escapar con su familia de
una fábrica textil clandestina en Buenos Aires.
Sólo en Parque Avellaneda, barrio del oeste de la capital argentina,
hay unas 40 pequeñas fábricas de costura, ocultas en presuntas
residencias particulares, que confeccionan vestimenta para marcas de
primera línea, como Montagne o Lácar, según estiman investigadores.
Los operarios son inmigrantes bolivianos que vinieron a este país atraídos
por las promesas de buenos ingresos y un lugar donde vivir. Pero, a poco
de llegar, perciben el infierno: encerrados en una pequeña habitación
con su familia, amenazados y recibiendo su paga a cuentagotas.
Cuando Orellana comenzó a trabajar para el dueño de la fábrica, Juan
Carlos Salazar --también boliviano-- éste le prometió pagarle por
prenda confeccionada. "Calculamos que ganaría 1.500 pesos por mes
(unos 300 dólares). Pero a la hora de cobrar, Salazar decía que no tenía
dinero o que mejor me lo guardaba hasta fin de año para que no lo
gastara", relató a IPS.
El patrón le daba 20 pesos (6,5 dólares) como "anticipo". La
alimentación prevista en el contrato era sólo para los "empleados".
"Para que comieran los niños (de cinco, siete y ocho años) teníamos
que quedarnos sin comer nosotros", abundó Orellana.
La única habitación de la que disponían él, su esposa y los hijos
era "un desastre". "Había cables a la vista por el suelo
y la pared. Teníamos tres máquinas funcionando todo el día junto a
las camas", en las que trabajaban otros dos operarios, mientras los
hijos de Orellana jugaban o dormían.
Según consta en los hospitales públicos Durand y Álvarez, en la zona
hay muchos extranjeros sin documentos que deben ser internados por
tuberculosis, debido al polvillo que aspiran dentro de los talleres o en
las habitaciones donde funcionan día y noche las máquinas de confección.
Orellana recuerda que el baño era compartido con otras 20 personas, y
para salir a la calle nunca había permiso. Apenas si podían llevar a
los niños a la escuela, aunque no todos los extranjeros estaban
autorizados a hacerlo. Tampoco podían llevar a los hijos a un hospital,
aunque estuvieran enfermos.
Las "fiestas" del fin de semana las organizaba el patrón,
Salazar, con abundante vino para que el personal olvidara sus penas y no
pidiera permiso para salir. "Había que discutir mucho para salir a
la calle, y al fin nos dejaban, pero nos ponían mala cara una semana
entera", relató el ex operario.
Unos meses atrás, el trabajador y su familia lograron escapar. Con
apoyo de una organización comunitaria y patrocinio de la Defensoría
del Pueblo de la Ciudad, Orellana consiguió en octubre efectuar una
denuncia, pero el dueño de la fábrica estuvo detenido 15 días hasta
que el juez le dictó la "falta de mérito", aunque la
resolución fue apelada y la investigación continúa.
La defensora del Pueblo de la Ciudad, Alicia Pierini, dijo a IPS que la
causa de Orellana y de otros es "un caso piloto", pero adelantó
que su oficina estaba investigando varios casos. La denuncia contra
Salazar fue por tráfico ilegal de personas, reducción a servidumbre y
violación de la ley de trabajo a domicilio.
"No nos interesa tanto develar un caso particular, sino descubrir cómo
opera todo el sistema de economía ilegal que esclaviza a tantas
personas", declaró la funcionaria.
El 2 de diciembre, Día Internacional para la Abolición de la
Esclavitud, conmemora la fecha en que la Asamblea General de las
Naciones Unidas aprobó, en 1949, el Convenio para la represión de la
trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena, uno de
varios instrumentos mundiales de lucha contra estos delitos.
Argentina ratificó en 2002 la Convención de las Naciones Unidas contra
el Crimen Organizado Transnacional y sus tres protocolos complementarios:
para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, especialmente
de Mujeres y Niños; contra el Tráfico Ilícito de Migrantes por
Tierra, Mar y Aire; y contra la Fabricación y Tráfico Ilícito de
Armas de Fuego, sus Piezas y Componentes y Municiones.
Estos instrumentos entraron en vigor en 2003.
La Defensoría "porteña" estima en unas 150.000 personas las
sometidas a esta nueva forma de esclavitud. Además de los que funcionan
en Buenos Aires, hay talleres en localidades de las afueras de la
capital como Avellaneda, Lomas de Zamora, Lanús y Laferrere.
Según Pierini, la mayoría de los damnificados son bolivianos traídos
desde su país en ómnibus, sin los papeles requeridos por la oficina de
migraciones. Pero también hay peruanos, paraguayos y argentinos, dijo.
"Argentinos y paraguayos se dedican más al calzado, que tiene la
misma modalidad: trabajo ilegal en domicilio, pago ínfimo y una cadena
de comercialización informal. Pero con la ropa es más grave, porque
son familias enteras encerradas", señaló.
Pierini no se atreve a decir si falta voluntad política para erradicar
esta forma de explotación. "No lo descarto, pero necesitamos
seguir investigando sin hipótesis a ver qué es lo que encontramos",
dijo.
Si prospera la denuncia, la causa será la primera por trata de personas
con fines de explotación laboral, y no sexual, como la mayoría de los
casos denunciados.
"Hasta ahora no se comprobaron hechos de explotación laboral",
dijo al conocer el caso de Orellana el titular de la Oficina de
Asistencia Integral a Víctimas de Delitos del Ministerio Público,
Eugenio Freixas, responsable nacional del cumplimiento de la convención
internacional, un tratado tan reciente como antigua es el trabajo
esclavo.
En Argentina no hay todavía una ley federal que tipifique la trata de
personas como lo establecen la convención y el protocolo
correspondiente, explicó Freixas, cuya oficina presentó al parlamento
un proyecto con ese fin.
Entretanto, Salazar está libre y amenaza a sus compatriotas que
lograron escapar de su taller.
"Se aprovechan de nosotros porque saben que los bolivianos somos tímidos
y somos trabajadores", dijo Orellana, expresando la marginación a
la que la sociedad argentina ha relegado a algunas minorías de
extranjeros.
Tras la pesadilla, Orellana logró instalar una pequeña panadería en
el comedor comunitario La Alameda, y con el ingreso de esa actividad
pudo alquilar una habitación con baño, "más digna" que
aquella donde lo recluyó la explotación. (FIN/2005)
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