La hora del mercado de pulgas
Viviana Alonso
BUENOS AIRES, 2/2/2005 (IPS) - Las ferias
informales crecen como hongos después de la lluvia en la capital
argentina de la mano de antigüedades y recuerdos de familia que muchos se
ven obligados a desprenderse por problemas económicos tras el colapso de
2001 o temor ante el clima de inseguridad ciudadana.
Estos mercados de pulgas son una alternativa al
tradicional circuito de anticuarios emplazado en el barrio de San Telmo,
en la zona sur de la ciudad de Buenos Aires, y a los comercios más
lujosos del Barrio Norte, en especial para los turistas europeos y
estadounidenses que buscan una oferta diversa y mejores precios.
Las necesidades de ingreso familiar y el incremento de los robos son
algunos de los rasgos más típicos de la crisis que, si bien es ya de
larga data, se agudizó hace tres años, modificando profundamente las
costumbres, los hábitos de consumo y el estilo de vida de una gran
cantidad de argentinos.
La misma crisis que llevó la pobreza a más de la mitad de los 37
millones de argentinos, catapultó el movimiento de desocupados que
bloquea calles y por eso llamados ”piqueteros” y licuó el patrimonio
de buena parte de la clase media por la brusca devaluación de la moneda,
golpeó también a personas de mayores recursos que hoy se desprenden de
cuadros, muebles y antigüedades valiosas.
Pero la necesidad y la inseguridad no son los únicos motivos por los que
en la actualidad hay una oferta inusual de vajillas antiguas, cristales,
platería, manteles y sábanas del siglo XIX, porcelanas y cerámicas
orientales y cuadros y grabados europeos.
”Hay un cambio en las costumbres. Hay un corte en la tradición de pasar
de padres a hijos, de abuelos a nietos, aquellas cosas preciadas que se
iban convirtiendo en antigüedades con el paso del tiempo”, dijo a IPS
Ana Tomasin, quien tiene un puesto en el mercado de pulgas conocido como
la Feria de la Baulera.
Ese mercado funciona en una galería de grandes arcadas que rodea el patio
circular del centenario colegio de la Misericordia, en el exclusivo barrio
de Recoleta, y es organizada por entidades que colaboran con las obras que
realiza esa institución.
Según Tomasin, cuyo padre fue anticuario, ”el auge de los mercados de
pulgas no responde a una única causa. En realidad se trata de un fenómeno
creciente y generalizado, que también se ve en Europa y en Estados Unidos”.
”El auge regional, en algunos países de América Latina, se debe sobre
todo a cuestiones de necesidad y de disponibilidad, ya que en esta parte
han sobrevivido cosas que se perdieron en otros países, por ejemplo, por
las guerras. Cosas que fueron muy cuidadas porque para muchas familias
eran verdaderos tesoros, pero que hoy se ven obligados a vender”, precisó
Tomasin.
Otro mercado de pulgas funciona en el antiguo edificio del convento de San
Ramón Nonato, ubicado a unos 200 metros de la sede del gobierno nacional
--Casa Rosada-- y en el casco histórico de Buenos Aires funciona.
En la también llamada Feria del Convento, al igual que en la de la
Baulera, los puestos se suceden uno junto al otro y en ellos pueden verse
juegos de té, abanicos, muñecas de porcelana, herrajes, tallas de marfil,
ropa antigua, viejos frascos de farmacia y bijouterie art nouveau y art
deco.
Otras instituciones, como el Ejército de Salvación y el católico
Cotolengo Don Orione, que reciben donaciones de particulares, también se
han convertido en verdaderos mercados de pulgas y son frecuentados por
decoradores y buscadores de muebles y objetos decorativos antiguos.
Pero también hay pequeños mercados, ferias circunstanciales, que se
montan en razón de familias que emigran, grandes casas van a ser
demolidas o cuando hay herederos que no quieren conservar los bienes o
muebles de sus antepasados.
Estas ferias se sumaron a los mercados de pulgas más tradicionales
instalados en San Telmo y en el Mercado Dorrego, en el barrio de
Colegiales, cuyos puestos son adjudicados por el Gobierno de la Ciudad de
Buenos Aires.
Para Tomasin, ”los mercados de pulgas constituyen uno de los paseos más
populares, donde la gente puede ver y comprar cosas que le gustan y
quienes necesitan dinero, o no quieren perder sus propiedades a manos de
los ladrones, pueden venderlas. Por eso se han multiplicado en los últimos
años”.
La devaluación del peso argentino incrementó la llegada de turistas del
exterior y los que arriban con dólares y con euros encuentran un cambio
favorable que les permite adquirir antigüedades por debajo de los precios
internacionales.
”Los turistas compran lo que consideran que son oportunidades, en
especial objetos de plata, tejidos artesanales y cueros”, comentó
Tomasin.
No obstante su oferta diversa e interesante, las ferias informales porteñas
son un mundo desconocido para muchos visitantes de la capital argentina,
ya que al no estar integrados al sistema comercial no son incluidos en los
tours de las compañías de turismo, ni en las promociones de la mayoría
de los hoteles.
Pero hay otro tipo de visitantes extranjeros. Son los que llegan a Buenos
Aires en busca de objetos artísticos que fueron producidos hace más de
100 años en sus países o los que procuran piezas para sus clientes en
Europa o Estados Unidos.
”La ventaja cambiaria contribuye a que se dé algo que puede definirse
como una recuperación de piezas de arte decorativo, de vajillas y cerámicas,
entre otras cosas, que se conservaron muy bien en Argentina”, apuntó
Tomasin.
Esos compradores son conocedores, expertos o coleccionistas, que saben que
en los mercados de pulgas locales pueden encontrar muchas piezas
interesantes, que salen al circuito comercial por primera vez y que están
en excelentes condiciones porque han pertenecido por años a una misma
familia.
Por otra parte, los precios de los mercados de pulgas son mucho más bajos
que los de los negocios de San Telmo o Barrio Norte. De hecho, muchos
comerciantes establecidos compran allí cosas que después revenden con
ganancias considerables.
Los compradores extranjeros llegan con diferentes objetivos. ”Los
franceses y los italianos se mueven más por intereses culturales e históricos,
mientras que los españoles tienen fines más comerciales”, explicó
Tomasin.
”Los japoneses, en cambio, admiran cualquier forma de belleza y compran
cosas muy distintas, pero siempre de gran valor estético”, agregó.
Por otra parte, también han proliferado las ferias virtuales aunque a
veces son una trampa mortal para los compradores, quienes no pueden
verificar la calidad y el estado de las piezas sino hasta después de
haberlas pagado.
Si bien los mercados de pulgas enfrentan la competencia de los sitios de
venta en Internet, será muy difícil que desaparezcan, ”ya que nada
reemplaza el encanto de visitar una feria, ver cientos de cosas y hacer
algún que otro descubrimiento”, sostuvo Tomasin. ( (FIN/2005)
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