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Poemas de los míos. 88

Jugoso material para Hollywood

 

© Franco Sastre

Creo que este año se cierra, como tantos otros anteriores, con una lección que insistimos en no aprender. Cada vez son de mayor índole las catástrofes que nuestro planeta debe soportar; terremotos, maremotos, incendios de enormes extensiones de bosques, desbordes de ríos, avalanchas de fango mortal, volcanes en erupción, todos ellos, forman parte de la lista de desastres naturales; todos ellos encabezados por el desastre natural mas grande y peligroso, devastador y criminal: el de la estupidez crónica del hombre.

Esta noche murieron quemados y asfixiados, por causa de este último fenómeno, casi dos centenares de jóvenes en mi querida reina del Plata, ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede la negligencia e incompetencia gobernar en una ciudad que se supone cosmopolita? Gente que entra a un local de por si ya en condiciones pobres y rudimentarias, sabiendo que hay un exceso evidente de público presente, poniendo de esta manera no solamente su vida en peligro, sino también la de niños y mujeres. El dueño de un local, que no juntando las condiciones requeridas por la ley para ser de uso público, habilita de cualquier manera el establecimiento y unos momentos antes del inicio del show, se ausenta, con una maleta evidentemente bien cargada de su recompensa monetaria. Una trampa mortal con las puertas de salida de emergencia clausuradas y una falsa inspección sanitaria aprobada por un funcionario corrupto, sin importarle de ninguna manera el efecto fatal de su actitud barata, manifiestan de una manera irónica la carencia de respeto, de humanidad, de responsabilidad con nosotros mismos.

Desafortunadamente, la muerte de estos adolescentes, integrantes de un público joven, sincero y lleno de ganas de ver, pasará a ser estúpida y vana, nadie se hará responsable por ella.

Después de todo, esto ocurrió en Buenos Aires, donde nuestros gobernantes, frente a las cámaras, comparten un dolor hipócrita, mientras celebran en sus mesas lucradas por su negligencia tan bárbara y siniestra como su indiferencia; y no en París, donde a uno le cortan la cabeza en cuanto se pasa de la raya y gobierna sin cuidado.

La brutal displicencia, criminal e indiferente de esta gente, conductora de esta clase de eventos, se hace presente, de varias maneras, en todo este universo.

Sin ir mas lejos, uno puede ver, caminando por las calles de Lima aún los carteles con las listas de los fallecidos en un incendio de un club nocturno hace unos años, donde las normas de seguridad se olvidaron en los botes de basura, junto con los nombres de los responsables de tal siniestro.

En un triste noticiero, esta mañana mostraban con orgullo, sacado de su valorada videoteca, una sucesión de desastres de este tipo. Cientos de fatalidades diferentes, ocurridas en diferentes ciudades y países. ¿Cuántas mas se agregarán a las nuevas colecciones que verán nuestros hijos? Eso sí, si sobreviven.

Confundiéndose los valores humanos, el “Dime qué tienes y te diré quien eres” está a la orden del día. Veo, con tristeza, cómo gente que conozco deja a un lado el vivir para poder obtener una casa enorme y un automóvil último modelo y lo que ellos llama “Buen Vivir”, para, en síntesis, jamás poder llegar a aprovecharlo.

Vivir en una ciudad donde uno no se puede detener a acariciarle la cabeza a un niño en un parque, porque la madre comenzaría a llamar a la policía a gritos, o donde una conocida empresa internacional de hamburguesas arroja a la basura cientos de toneladas de carne fresca, bajo amenaza de despido a cualquier empleado que quiera salvar lo sobrante del día, para dársela a algún necesitado, o al fin y al cabo, comer en su propia casa, demuestra que los valores humanos han cambiado totalmente de bando, dejando que reinen majestuosamente la indiferencia, la irresponsabilidad, la arrogancia y la mas monstruosa de todas las bestias: la avaricia.

La avaricia por el lucro económico, que hace que jóvenes mueran apretados como ratas en una trampa, o el de construir conjuntos de viviendas sin importar que dañan, de todas las maneras posibles, el medio ambiente, nos está poniendo la cabeza en la horca.

Cambiar esta conciencia, este culto a la destrucción, está en las manos de los que aún creen en el modo real y verdadero de ver las cosas que nos rodean; de vivir en armonía con nuestro universo; de apreciar un amanecer cara a cara, y no a través de la ventanilla de un automóvil con el aire acondicionado veinticinco grados abajo del natural; de enseñar a nuestros hijos de qué lado del hemisferio se pone el sol, para dejar salir a una luna llena que todavía tiene fuerzas para iluminarnos con esperanza.

Los tiempos cambian rápido y cambian mal. Comenzamos a atravesar por un período de turbulencia universal, como los mayas profetizaban. Estamos entrando a un período de espejos, donde nos estamos enfrentando a nuestra propia mediocridad, donde podemos ver aún nuestros errores para poder salvar nuestra fatalidad.

Vivimos en un mundo donde los niños tienen sexo a los catorce años; nada malo en el sexo en si, pero sí es la espantosa promiscuidad y libertinaje en el que se da, en donde la palabra “Amor” no existe ni siquiera en las películas, y “respeto”... ¿ Me pregunto qué significará esta última?

Todo este caos originado por nuestra indiferencia propia hacia algo que sí recuerdo bien se llama: “Derecho Cívico”, lo cual, nos da también una obligación cívica hacia con nosotros mismos y con nuestros semejantes, una obligación a respetar y demandar ser respetados. Nuestra actitud hacia nuestros semejantes, hacia la poca naturaleza que aún nos rodea, hacia el universo que nos mantiene a toda costa, vivos, deja ya, muy poco que desear.

El odio, la envidia, esa mortal indiferencia de ver morir lo bello, nos hace solamente sufrir; vencer ese odio sería enfrentarnos a nuestros miedos, dar un nuevo y seguro paso a nuestro dominio y conocimiento.

Sufrir es siempre culpa nuestra.

Franco Sastre.

Dallas 31 Dic. 04.

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