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Recuerdos de la estancia 49: Compartiendo mi huevo de Pascua.

A mi viejo.

Hoy se cumplen ya diez años, de tu partida, de tu encuentro con ese tan todopoderoso que te alejó de nuestro lado; mil maneras diferentes de ponerle un título delicado a tu muerte, pero al fin y al cabo, es simplemente una muerte, tu muerte. No porque tu muerte sea simple, sino porque la misma muerte es simple, es diaria, es eterna, es solo un pasaje a una habitación oscura, a un altillo alto lleno de secretos y sorpresas inesperadas. El mismo altillo al que de niños temíamos llegar y subiendo las escaleras en silencio, nos deteníamos al oír el más mínimo ruido y bajábamos corriendo a los alaridos, sin jamás llegar hasta arriba; hasta que alguna tarde de sábado lluvioso nos armábamos de coraje y, como zerates al ataque irrumpíamos en la vieja habitación para darnos de bruces con un castillo de hadas y duendes lleno de recuerdos y baúles con fantasías. La muerte es solo eso, un reencuentro con nuestros sueños, con nuestros deseos de la infancia, con nuestra realidad eterna.

Haciendo malabarismos, entre un manojo de más de cien llaves, sosteniendo su vieja gorra de caza inglesa, una pipa baboseada y un bastón bajo su brazo, el guardián de turno, deja caer con un temblor nervioso, el llavero de la Parca, como se me ocurrió llamarlo en ese instante.

-No se preocupe, Don, yo se las alcanzo- me agaché a levantarlas y fue ahí, por primera vez, que noté su parche negro de pirata sobre su ojo derecho, su nuca llena de pecas, casi desnuda, su barba descuidada con tonos pelirrojos y un ojo celeste, su único ojo, contrastando con el cielo de esa mañana.

-Gracias Señor- respondió mientras tomando las llaves abría la puerta y hacía una reverencia me decía: -Está en el subsuelo, ¿necesita que lo ayude?

-No, muchas gracias, preferiría hacerlo solo, ¿si no le importa por favor?

-Desde ya que no, estése tranquilo Don, es más, permanézcase todo el tiempo que quiera, mi turno ya termina, pero no importa, el siempre ha sido tan generoso con mi familia y conmigo. Tome, quédese con la llave, cuando se vaya escóndala dentro de esta ánfora. Muy buenas tardes Don, ha sido un gusto-, me decía muy amablemente mientras se acercaba para estrecharme su mano.

-Al contrario, el gusto ha sido mío, ha sido un honor. Se lo agradezco tanto.

En Buenos Aires, el cementerio de la Recoleta es un laberinto de callejuelas y pasajes atiborrado de mausoleos, tumbas, obeliscos y pequeños altares; en piedra, mármol, granito y hasta malaquita, los panteones recuerdan la Belle Epoque olvidada de mi vieja ciudad. Estatuas de damas, con encajes de seda petrificados volando al viento del norte, niños sentados leyendo su primer libro, madres acongojadas, esperando por siempre delante de portones de hierro forjado, todos, en una comunión diaria, embalsamada, con los pasajeros del tiempo.

Me quedé un rato largo parado, frente a la puerta, como con miedo de nuestro primer encuentro después de tanto tiempo sin vernos, bajo los escudos de los apellidos de nuestra familia. Parecía como que te estaban custodiando, dejando bien clara tu nobleza, a cualquiera que pasara frente a la puerta.

Siempre estuviste orgulloso de quien eras, de donde venías. Hasta he pasado en mi último viaje a Buenos Aires por la casa donde vivió nuestro primer antepasado, a la vuelta de la iglesia de Santo Domingo, en el barrio de San Telmo, el barrio más elegante en su momento, durante la colonia. Una casa con dos ventanas muy altas y una puerta doble que daba a un zaguán descubriendo un enorme patio coronado por un aljibe. Si tuviera dinero, te aseguro que la compraría. Una casa de cuatrocientos años, ¡Que exquisitez!, imagínate.

Descubriendo nombres escritos en plaquetas de bronce, me presento; algunos me suenan conocidos y los saludo con una sonrisa enternecida, otros se presentan en silencio por primera vez, hasta diría que se alegran de verme, los comprendo desde el fondo de mi alma, muchas veces yo también me siento solo. De repente allí a lo alto, te descubro, tienes una rosa seca sobre tu nombre, es blanca. Llevándomela a mi rostro, me animo a besarla y la guardo en mi bolsillo, te regalo una nueva y por un momento una lágrima se escapa con tu recuerdo.

Creo que podría llenar hojas  enteras si me propusiera describir lo que tu significaste para mí, pero lo simplificaré solamente en cinco palabras: “Soy quien soy, gracias ti”

Hoy es la primera vez que te siento muerto, en silencio, sin sonreírme, sin decirme:“¿Qué haces Pancho?, vení sentate aquí, contáme qué hiciste”, mientras con tu mano repleta de pecas me indicabas que me sentara a tu lado en el sillón azul de la sala grande.

Es la primera vez que me hablas y no te oigo, tus palabras son como pétalos de rosas blancas que acarician mi presente, siento una desesperada nostalgia por abrazarte. Te fuiste en silencio, sin ni siquiera decir una broma de las que te gustaban tanto.

Callado, te apagaste, como en una siesta de campo, tranquilo, en paz con tu día; como la paloma que tuve ese verano hace tantos años en la estancia.

Granma tenía la manía de llenar esos platos chinos con unos papeles matamoscas. Por todos lados decoraban los platos chinos y sus traicioneros papeles envenenados a la espera de sus saetas víctimas. Estábamos tomando el desayuno, me acuerdo, y mi paloma, Hortensia se paseaba entre las teteras de porcelana sobre uno de los dressoires del comedor de atrás. De repente picoteó uno de esos malditos platos y allí delante de todos, se cayó desplomada sobre el plato. Me viste tan desesperado que me acompañaste a sepultar el ave en el cementerio de mascotas que habíamos montado a través de los veranos. Desde mis primeros recuerdos, siempre estabas dispuesto a ser mi cómplice, siempre tu solución detrás de un guiño de ojo, de una palmada sobre el hombro.

Quiero sentarme ahora, callado, junto a tu silencio, para poder oír tu presencia y solo agradecerte lo que con tu espíritu me regalaste, con tus abrazos, con tus besos, con tus regaños, con la lección diaria de maestro noble, en cada ejemplo que me dabas.

Mis colores, mi gusto por lo bello, la simpleza en encontrarlo donde mire, donde tu lo encontrabas en cada paso que dabas, en las caminatas por el parque durante las tardes de verano tibias, en tu paciencia enseñándome historia cuando me la llevaba a Marzo, en tus reproches durante la comida al enojarte porque me había ido al colegio sin darte un beso de despedida.

Todas memorias que guían mis pasos, cada una de mis mañanas, marcando, con cada año que pasa, dos surcos cada vez más profundos al costado de mi sonrisa, exactamente igual a la tuya; recuerdos que me levantan temprano en mis madrugadas dándome el valor que necesito para seguir adelante,venciendo, día tras día, año tras año los problemas que no existen, los mismos que con tu optimismo me enseñaste a ignorar.

Tantas imágenes inolvidables- en mi memoria, en mi presente, en cada instante de mi vida- me acompañan y me dejan leer las hojas de un libreto llamado Vida donde fuiste su principal protagonista.

Hoy es Domingo de Pascuas y no estoy en una avenida elegante de Boston, ni entre cien primos buscando llenar canastas de golosinas. Estoy aquí, sólo, conversando contigo, mi respetado héroe, mi amigo, mi por siempre compañero.

Hoy es Domingo de Gloria y aquí sentado en un escalón de mármol, abro mi huevo de chocolate blanco y celebro junto a tu recuerdo.

Hoy es Domingo de Resurrección de nueva vida, de un reencuentro agradecido, de pétalos blancos que susurran tu nombre al viento.

Hoy apoyo mi mano sobre tu pecho frío y con una lágrima te agradezco, simplemente, tu herencia, mi vida, y, por siempre, tus ganas.

F.S, Dallas 27 Marzo ‘05

www.casabal.com 

Franco Sastre

 

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