Luego...
Ha llegado, entró por la puerta, contenta me he
puesto. Como si me adivinara el pensamiento, va directo a la alacena y
toma el pomo de la mermelada de fresa, esa tan rica que guarda mi mamá
hasta que llega el invierno. Metió la cucharita en el tarro y le da
vueltas, de izquierda a derecha y al revés, yo la miro ansiosa,
imaginando su sabor, ella levanta la vista hacia la ventana, algo afuera
ha llamado su atención, quizá sea el sonido “del afilador”, que
con su silbato llama a quienes necesitan de sus servicios, este pasa
calle arriba y calle abajo, caminando por sobre el empedrado.
Regresa su mirada y sus ojos se fijan en los míos,
mueve los labios como si hablara, pero no consigo escuchar qué dice, lo
hace muy rápido. Ahora acerca la cucharita con la mermelada a mi boca,
yo la abro mucho para que no me caiga sobre la ropa nueva que ella me ha
puesto, porque es domingo y ella siempre este día me viste elegante. No
quiero que se enoje y en castigo me coloque el vestidito amarillo corto,
ese que me queda entallado, que parezco salchicha de Perote y además de
tener que soportar la cara de mamá, esa que pone cuando algo sale mal,
cuando algo le molesta y le irrita.
Entonces... escucho las campanadas desde lo alto de
la iglesia, volteo un poco y con el rabillo del ojo las veo desde arriba
del refrigerador de la cocina. Ella tapa el tarro de la mermelada y lo
deposita en la alacena, donde es su lugar, en el tercer entrepaño -el
de en medio-. Veo como le pone la llave, gira como siempre, dando una
vuelta hacia la derecha.
Se pasa la mano por la frente, donde brillan unas
gotitas de sudor. Su cabello se ha movido hacia delante, ella, con un
movimiento muy suyo de cabeza, lo pone en su lugar. Al pasar por donde
estoy, me sonríe y toca mis trenzas, que me hizo, pero que ahora
parecen de raíz de escoba, de ahí, con esa misma mano, sigue hasta la
ventana y la abre. En ese preciso momento, logro llegarme hasta el
banquito que está bajo la ventana y me asomo, siento el calor de la
calle. Nombro los colores como mi mamá me enseñó: gris piedra, rojo
de teja, verde árbol, azul cielo, blanco nube, negro..., negro de la
falda que me han puesto y que forma un contraste con la blusa blanca que
tanto gusta a mi mamá. Hoy sucede algo extraño en el barrio, todo
mundo parece que se ha puesto de acuerdo para vestir, aunque el día está
lleno de sol, todos andan de negro, como el color de los vestidos que
usaba la abuelita, ese negro que según yo, imaginé le aceleró la
salida de sus arrugas en la cara. Me acuerdo de un día en que ella se
vistió tan de negro, que no quiso salir de la casa, y hasta se la pasó
llorando toda la tarde.
Por la calle pasa el perro, escucho sus uñas golpear
contra las piedras de la banqueta; ese perro que siempre me ve, se me
acerca y yo le acaricio las largas y sucias orejas y que mi mamá me
dice que me van a salir lombrices en la panza de tanto acariciarlo. Ella
dijo que es un animal de la calle, pero yo siempre le digo que él tiene
una casa. Siento el aire calientito que me da de lleno en la cara,
siempre he querido verlo, pero nunca he podido hacerlo, siempre me ha
pegado la blusa a la piel, la falda a las piernas. Al otro lado entra mi
hermana, con el movimiento del aire, los números de los días del
calendario y las hojas de los gastos que se encuentran pegados al
refrigerador la saludan, suben y bajan como diciendo: hola, como yo lo
hago con las manos, ella siempre impetuosa, viene hacia mi y me da un
beso tan fuerte que duele. Besa mi cara, siento el calor de sus mejillas,
me besa la nariz y la frente, ella trae gotitas de sudor en su cara,
también me dice algo, pero es tan rápido que no entiendo nada. Tengo
sobre mi cabeza un moño, ella lo coje y lo tira contra la pared, y sale
corriendo, sin que yo pueda decirle nada, ella va seguida del aire, sale
por la puerta que da al patio de atrás. Voy a recoger el moño, que ha
quedado justo a los pies de la vitrina donde mamá guarda los vasos y ahí,
descubro -justo abajo-, el abanico de la abuelita, está roto, partido
en dos y lleno de polvo. No puedo sacarlo, no le llego con las manos,
dejo todo así, tirado y pienso correr tras de mi hermana, pero tengo
sueño, así que me tiro en la hamaca que está colgada de los árboles
de aguacate en el patio. Me quedo dormida de inmediato.
Siento el aire que pasa por mi nariz, veo mis manos y
descubro gotitas, todas ellas muy redonditas que bajan por mis manos y
brazos. Me levanto y la hamaca se balancea suavemente, hasta parece que
es el aire que la mueve. Camino hacia el interior de la casa, hago ruido
con mis pies sobre el piso, para que la familia sepa que ya desperté.
Miro por todos lados. Me asomo por todas las treinta y siete puertas de
la casa, incluso abro los armarios, los clóset, la de la bodeguita, por
si están escondidos ahí. Parece que todos se han ido a misa, o han
salido y me han dejado aquí sola, dormidita en el patio.
Son como las cuatro de la tarde, no veo ningún pájaro
volar. Los colores están cambiando. Las sombras de la tarde se hacen más
intensas, me acerco a la ventana de la cocina, donde se ve el campanario.
escucho el sonido de una campana, luego otra y otra, pero tocan lento,
muy lento, como si tuvieran cansancio.
Un dolor aparece de repente, está en el brazo
derecho, es un dolor como si lo sintiera por vez primera, pero estoy
segura que ya lo había sentido antes, en otra ocasión. En seguida,
siento como que el aire se me escapara, como si me estuviera dejando, se
está marchando poco a poco, las piernas desfallecen, siento el frío
del piso, una ráfaga me ha golpeado y he caído, la humedad me da de
lleno, así como los cristales contra mi mejilla de papel de una
fotografía...