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Un nuevo milenio, Un milenio a oscuras. 

A un papa bueno.

 

En realidad no recuerdo cuanto tiempo hace ya, que no me confieso, creo, desde que terminé el colegio, con excepción de una o dos veces durante un largo período, hasta ese último viaje que tuve el placer de hacer con mamá y una sobrina mía, más loca que una cabra, por algunas ciudades de Europa. Entrar a la ciudad del Vaticano, como muchos ya sabrán, es algo diferente, emocionante, sobretodo, en nuestro caso, cuando parados en un ómnibus atiborrado de pasajeros, veo con sorpresa que el ojo de mi joven acompañante se le comienza a hinchar poniéndose grande como un tomate; y no exagero. Era realmente desagradable mirarla a la pobrecita, supongo que estaría pagando por sus pecados, antes de entrar en la ciudad santa.

 

Después de un par de horas en una clínica de oftalmología, nos zambullimos dentro de un taxi, mamá, mi sobrina con media cabeza vendada y yo, nos lanzamos dentro la locura del tránsito romano para llegar sin tardanza a nuestra santa cita. Bajamos del automóvil dos cuadras antes de la Plaza de San Pedro, que es en realidad hasta donde dejan en general acercarse a los vehículos, con excepción de los de la Curia. Era un medio día repleto de luz, de sol, de palomas que revoloteaban por las altas cúpulas de la Basílica. Al entrar a esa gigantesca plaza con forma de herradura, instantáneamente uno sufre una transformación, casi mágica. Siempre he creído en energías, en esas áureas que tienen el poder de transformarnos con su presencia, indudablemente, allí existía una muy fuerte, la llaman Fe.

 

Teníamos una invitación especial que nos habían facilitado en la embajada pontificia, así que pudimos sentarnos en los primeras filas bien cerca de donde sería otorgada la bendición. Días antes había ocurrido la fatalidad del famoso once de Septiembre en la ciudad de Nueva York, así que el Papa había pedido al público que lo recibiera en silencio. Fue como si de repente el mundo se desconectara y estuviera dentro de una caja forrada de terciopelo, un silencio impresionante calló sobre más de cuarenta mil personas. Sorprendido miré hacia mis lados para encontrar la causa de este fenómeno, y allí por el lado izquierdo se acercaba la camioneta trayendo al papa. 

 

El poder que emanaba desde donde el venía, la energía vibrante y poderosamente fantástica que lo rodeaba, había convertido de un instante a otro, el espacio donde nos encontrábamos en un manto de congoja y emoción tan denso, que se podría haber cortado como una torta de bodas. El mutismo nos ahogaba y nos estrangulaba las ganas de gritar nuestro saludo al gran líder, no había una sola persona sin lágrimas en su rostro. En general soy una persona bastante emotiva, pero siempre esa confusión, ese sentimiento de congoja viene desde dentro, del fondo de mi corazón hacia fuera como besando un atardecer que nos tiñe con su gloria, o un valle en una montaña infinita sepultada bajo sus secretos de historia, pero en esta oportunidad era distinto. La emoción venía desde afuera, nosotros conversábamos con ella; era su presencia la que nos nombraba uno a uno por nuestros nombres, su nimbo sublime, extraordinario, noble y honesto, brillaba entre una multitud de ciudadanos universales.

 

Este ser, majestuoso y magnánimo en su presencia, era capaz de silenciar a una multitud distraída en su babilónica cháchara, para dejarla en un delicado éxtasis, casi moribundo, hasta hacerla llorar como a un gran ejército de Magdalenas.

 

Durante la ceremonia apareció una columna de novios y novias con sus vestidos blancos, haciéndome sentir en París, en uno de esos desfiles tan elegantes de alta costura. Eran todas ellas, realmente magníficas, pero más que sus velos de flores exquisitamente perlados y perfumados, era sus sonrisas las que resplandecían en sus rostros, en su porte de princesas. Terminada la ceremonia fuimos a visitar la basílica, sublime, impresionante, magna. Altísimas cúpulas con frescos majestuosos en sus colores y siluetas, encandilaban la mirada de mis ojos ciegos; pero creo que, como siempre ocurre, todo sucede por una razón, algo más que las estatuas y aquél arte esplendido había sido la causa de mi visita al palacio de Dios. De repente una señora me pidió ayuda para arrodillarse frente a un confesionario, luego de asentir con gusto, un poco por distracción, un poco por pecar de curioso, me quedé cerca de ella, preguntándome sinceramente, ¿que pecado contra el Señor podría haber cometido esta dulce señora mayor? Muy angustiada le confesaba al sacerdote los problemas que evidentemente un hijo descarriado le había ocasionado y --siendo muchos-- ella se consideraba culpable por el fracaso en su vida, sentía que había sido una mala madre. Absorto el cura con una sonrisa le aclaró que de ningún modo podía considerarse un fracaso la educación brindada, y que cada uno elije en la vida lo que desea, que de una vez se librara de esa tortura que la apesadumbraba y se fuera en paz. Llena de exuberante energía, pudo levantarse sola y al cruzar su mirada con la mía me pregunto como al descuido:-¿Te vas a confesar también?

 

Sin darme cuenta, emocionado y sorprendido, me encontré arrodillado frente a un sacerdote japonés con una sonrisa que no pudo mas que llenarme de confianza y fe, preguntándome :-¿Hace cuanto tiempo fue tu última confesión hijo?

A lo cual, reponiéndome, contesté:-Hace, creo, veinte años que no me confieso padre y desde ya le aclaro que yo soy como soy y no lo voy a cambiar. Creo que la carcajada que largó este hombre se oyó en toda la basílica. Apoyándome su mano en mi hombro, me dijo:-No temas, ahora, dime los pecados importantes.

La confesión terminó en una discusión sobre los bronces de Boticelli, los murales de la Capilla Sixtina y otras obras de arte, explicándome de un modo totalmente amistoso y honesto, que pecar contra el precepto de la misa y comunión, eran importantes, que Dios es justo y no va a juzgarnos por actitudes obsoletas, sino por el descuido indiferente de una sincera y respetuosa convivencia con las almas que nos rodean durante nuestra existencia. Ese día inolvidable en mi vida, al comulgar y acercarme con una unión física a nuestro Creador logré traer dos nuevas sonrisas a mi existencia, la primera a mi madre, que recibía junto a mi la Eucaristía y, la segunda y más grande, a mi alma, llenándola de una alegría que hacía muchos años no sentía.

 

Dios existe, lo vemos todos los días al levantarnos y sentir el sol abrazando nuestras mañanas, al salir a la calle y encontrarnos con nuestro vecino volviendo de una corrida por alrededor del parque, al saludar al cajero de nuestro supermercado del barrio en que vivimos, al abrazar a un amigo que vuelve de un viaje demasiado largo. Dios existe en nuestras ganas, en nuestra sonrisa, en nuestra resignación a aceptar lo irreversible. Dios existe en un hombre que con un signo de paz sincero bendijo a un Universo, y, a pesar de una ortodoxia casi severa, supo ennoblecer su vida con principios nobles y una fe magnifica.

 

F.S.

 

Dallas 3 Marzo '05

 

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