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¿Quién le dio vida a mi imaginación y al deseo de ser escritor?
©
Carmen Váscones/Enkidu
Mi deseo afín al poetizar
devela el velo de la palabra. La descodifica.
Ella hace semblante de las ficciones
o verdades. En ese espacio
construyo un autor(a), “desnudado por sus mismos lectores(as) y
guarecido en el lector(a)”.

© Rolf Groven (Oslo): "Kvinne
skaper mann" (Mujer crea a un hombre)
El temor a enfrentarse a la
escritura es el miedo a
enfrentarse con uno. Cada uno
de nosotros es un libro a abrirse, escribirse. Hay que descubrir ritmo, cadencia, idioma propio, una particular
lectura, dejarse tocar por el esplendor del vacío, la voz del silencio,
por la aparición de lo bello.
Hay que aprender a desechar para
no convertirse en desecho. Es
importante ser capaz de atreverse a escriturar, a inscribir, a registrar
experiencias; dejarse tocar por los retornos de la memoria, embestir el
percibir. Introyectar, dejarse llevar por las impresiones más ínfimas.
Exponente y proyectante de la introversión en la extroversión de ese
interactuar con la embestida de la vida en el tocador de la existencia y
del ser.
Siempre he escrito, soy un
relato sin lápida en la escritura, no le pongo dolor a la dicha ni a lo
dicho. La fragilidad de mi
existencia me da otra vida: La imaginación.
Hice un desacato a los sucesos
de mi vida, soy ajena al pasado más no indiferente, ya no forma parte de
mí. Y lo que tenía que
decir, ya lo desaprendí sin reprimendas. No deseo volver al ayer, ya todo pasó, es un paso del porvenir que
hizo su efecto. De pasada
estuve, pero no permití que me juegue una pasada. Lo prendé con un presente, este lo deshizo en un verbo de guiones,
trincheras y escenarios de
tiempos sin cronologías. Lo
determiné atemporal.
Escribir sin interrupción en la
trama del telar donde se pigmenta el
mundo.
Volver a mí, es estar con el
uno de mi ser. Un habla sin
plan preconcebido, es un escuchar la voz interior que dirige la escritura
con voz propia. Hay que
fortalecerse con la vida que nos sostiene y nos siente.
Imaginar la nada liberada de la
muerte.
Crear un “control espontáneo”,
para que se dé ese otro nacimiento de la escritura con cuerpo y
forma propia. Ella su misma
luz y sombra. Resplandor y asombro.
Concibo y creo mi propia
concepción: “un nacimiento psíquico”. El propósito y
la
propuesta. Puesta en escena entre un lector y la escritura del autor, y a la vez la
construcción de una propia lectura que indaga, recrea imágenes,
sentimientos, pensamientos. El desciframiento del ser, dándose paso,
lugar, espacio, dejándose guiar, interpelar, sorprender, sacarse de sí. Descubrirse. Vocalizarse. Oralizarse.
Decirse: Soy otra u otro en la
mirada y escucha distante.
Mi/La escritura es otra cosa, es
un objeto sin objetivo, es un sujeto de la acción articulado a frases
dibujadas en sus signos gráficos plenos de subjetividad, es una intermediaria y mediadora que no sabe, ni yo la conozco,
pero que está siempre conmigo, incluso mucho antes de que arribe al
cuerpo que me gestó y del que partí.
Ella, la otra escritura se
enfrenta y finiquita el sufrimiento lejano o cercano. Hace de semblante, de tatuaje, de iconogrammas, iconografías.
Inscripciones. De algún modo,
estoy marcada por pretéritos, quiéralo o no. Salí del deletreo y del
silabario. Salí de la esclavitud de la ignorancia.
¿Dónde está la voz del otro
que hizo su ciframiento en mi escritura y en mi imaginación? Me acuerdo de los garabatos, palotes, bolitas, de planas y
repeticiones insoportables. Esto era aprender a escribir, pero aquello no
era todavía mis escritos literarios, ni mi lectura creadora.
¿Hay una edad de la razón para
leer y escribir literatura o crear una obra
de arte?
La magia de la palabra y de la
descripción se la debo a los progenitores de ambas generaciones que hablaban a través de fíjate, había una
vez, te cuento esto, dicen que esto sucedió aunque no me lo creas, esto
pasa cuando tú no estás o cuando te has quedado dormida...
No me reconozco en mi ser, me
induzco a reconocerme para poder portar y soportar al extranjero o afuereña
que se rebelan a ser revelados.
¿Cómo eran esas voces que me
hablaron en aquella infancia donde
estuve y advine? Allí soy y no soy. Si yo fuese aquella, ¿y si no fuese ella? ¿Quién soy?
Habla alguien a través de mí. ¿Quién o quiénes? ¿Quién no soy?
Interviene el sonido con su
gesto, va impregnado de sí. Surge
el vórtice de los intérpretes cual
dibujo grabado en la alegoría de las cavernas, donde los diálogos
silabean entre pasiones y razones, entre fonemas y grafemas. Pasiones
sabias en duelos de amor y saber de hechos a contarse o eternizarlos en
metáforas que intentan investir el caos y el orden del combate entre esas
dos heroínas del cuerpo: vida y muerte copulando su puesto en cavernas
carnales.
La angustia y la palabra asisten
ese Soy que se busca, que se encuentra en un deseo insurgente de esa
contradicción, que no acepta
relevos, que no cesa ni cede, que no se sitúa ni estanca, que no reside
ni en lo mortal ni eterno, que es un pasajero y extranjero de la palabra,
que homologa su advenir entre
lo narrable y lo poético. El
todo en el uno configurándose prescindible en la parábola dicha,
transcurriendo entre gorjeos, gritos, y hablas que figuran anhelos y
desciframientos humanos existiendo en el laberinto del cuerpo. Es como la
respuesta de un niño cuando está con el candor del misterio ante sus
propias preguntas y se responde, ya
sé, donde está el corazón de la tierra, está en el centro, rodeado de
fuego para que nadie lo coja ni le hagan daño.
La libertad creativa se pudre si
no tiene espacios de elección, aunque tenga que reconocer que no se es
libre del deseo, eso ya es otra cosa, hay que darle cabida a ese lugar que
debe estar siempre despejado para el suceso del movimiento y de la aparición
de la ficción. ¿Acaso la
insignia de la libertad es un sello de sangre? ¿Un
garabato? ¿Una
pisada? ¿Una voz? ¿La culminación de una acción? ¿Empezar a creer, a
hacer, a hablar?
¿Una nueva vida y una nueva
muerte sin terrorismos ni globalizaciones ni deudas colonizadoras?
Retomo las voces que esperan que
hable de ellas, que las dejé suspendidas en los interludios de la pleamar
de los pensamientos siempre inconformes de la balanza de justicia que no
cabe en la boca trastornada
de corrupción y de poderes de monopolios, que deciden dominios y
reparticiones mezquinas en nombre de dios y de los derechos humanos y no sé
que otras justificaciones letales para los que no está en el festín de
los poderosos del mundo.
Aquí están ellas: de voz en
voz...
La voz masculina
era fantástica, una hipérbole tocando mi psique, gajos simbólicos
haciendo una red de imágenes, mi imaginación era un río de metáforas
desembocando en mis sentidos. La
realidad y la imaginación no tenían límites, era la plenitud de un gozo
lindando con el paraíso y el infierno. Encendí fogatas en el paraíso, y comí manzanas con
Lucifer. Habité una zona netamente franca.
Ni siquiera había fisura en el relato del hablante ni en el cuento
de su contador. El espacio era un escenario en eterno movimiento donde se
podía entrar y salir. La
muerte en el “mundo de las evidencias” era inevitable; pero en el
campo de las visiones, -allá, allí, aquí-, el ave fénix no tenía que
convertirse en cenizas para volver a nacer. Era suficiente una palabra
para...
Los sonidos eran vocablos
indivisibles, no tenían líneas imaginarias,
peor fronteras. Entre la imagen y la realidad palpable las palabras
formaban parte del argumento pero no del nuevo aprendizaje, la apropiación
del lector(a) hacía otro escrito simultáneo en la vida inventada, que
importa sí con acierto o desacierto.. No había división entre el contador/inventor de todo “eso” y
la escuchadora atrapada en la fascinación de la fantasmagoría que la hacía zambullirse en eso que veía en su imaginación y a
la vez quería comprobarlo en la llamada realidad del común denominador.
A veces perseguía
el encuentro con insomnios, ese
mundo mágico trajo la vigilia, nunca podía confirmar la historia, tenía
muchas versiones orales, siempre con
los mismos protagonistas, sus personajes cambiaban de roles. En el camino esa voz de hombre conforme avanzaba, construía su
mito y hechos. Descontaba
la vida como desgranar una mazorca contra el tiempo y el viento. No había
guerras ni pleitos teñidos de sangre; ya la realidad tenía demasiada
corrupción, demasiada cloaca y basura. Estaba de más echarle pólvora a la fantasía. Había un anhelo de
purismo y contacto con deseos creadores. El creador no tenía placer en culpas, ni creía en recetas del
bien, ni nadie se quedaba en el limbo, ni purgatorio.
Nadie tenía que confesarse.
El simplemente empapelaba de
sonoridad la escucha que se convertía en grandes pinturas y voces que se
apropiaban de cuerpos y objetos. Era una invitación sin escapatoria para encontrarse.
Alguna vez, tenemos que darle la
bienvenida al deseo, que es un asunto de humanos solamente.
Trata mundana y divina. Aventurado
sea quien lo logra y desdichado sea quien su verdad no sea dicha.
Alguien me llama para que sea
otra. Vez primera de algo sin
semejanza.

© Rolf Groven (Oslo): "SANNA"
En cambio la voz femenina era
un sonido fragmentado. Era un
todo en diferentes partes, contenía una voracidad y fuerza inexplicable,
un deseo de ir a ninguna parte, pero
quería estar en todas partes. Quería
ser el todo. Rivalizó con
dios. Al demonio se lo metía en el delantal, con el fuego que rescató de
las tinieblas y los alimentos del edén hizo banquetes para sus oyentes
que eran sus invitados escogidos. Sólo
por puro placer convidaba los secretos, el suspenso y la sorpresa. De su boca salía el mundo con su tragedia, ambiciones, desdén,
otros hallazgos y desamores. Todo era posible, nada le estaba negado. El castigo y el temor era una diversión insaciable en el
toque y remate de sus historias. Siempre aparecían diferentes
personajes. A veces parecía una bruja insoportable y envidiosa; otras una
reina egoísta, queriendo reinar sola con el hombre de sus sueños, por siempre de los
siempres, y no sólo eso, sino que quería de
esclavo al resto del universo.
Había también madres que se
comían a los hijos, mujeres que sufrían toda la vida por no saber quiénes
eran. También, hubo la que
desobedeció a un dios y se convirtió en rana, otra que por mentir se le
cayó el cabello. Otra de
tantas, la quemaron completa por descubrir el amor en el jardín
vecino. Y de aquella que murió
asesinada por su marido porque la encontró con no sé quién dentro del
taller de costura cosiéndole el botón mientras el susodicho rival
fumaba con el dorso desnudo.
También contó en una de esas
tantas veces miles lo de los cuatro niños que murieron juntos porque el
fuego los atrapó en su casa de caña en alto, ninguno pudo salir ni
saltar por la ventana. La
foto del diario, dejó ver cuatro cuerpecillos abrazados totalmente
carbonizados.
Los recuerdos de los conocidos
no se quedaban atrás, la retahíla de hechos a veces parecía
interminable, e historias sin fin ni que ocho y medio de Fellini ni tintas
medias.
¿Qué será de Amada? La que se
enamoró de Macaco, un estibador que trabajaba en un puerto y se resbaló
con caja y todo y cayó rompiéndose la crisma y la vida entera. Desde ese
entonces sus ojos que eran dos canicas verdes perdieron su color para
tornarse apesadumbrados debajo de unas pestañas que ya no sostenían la
mirada. ¿Dónde estará Lucía?. La que se enamoró del albañil que le
enlució los sueños, que compró dos circulitos de oro como alianzas
camino a la iglesia, y que en un santiamén ella se las aventó en la cara,
y no dio explicación. No
hubo más, cada uno por su lado, ni boda ni nada, sino un silencio.
Y la del jovencito que compró
un bebé de felpa para su primera enamorada, y los ojos de su madre
celando como una Medea...
O la memoria de la niña que no
le gustaba jugar con las muñecas y les sacaba los ojos, la misma niña
que no le gustaba mirarse en el espejo porque cada vez que se asomaba no
aparecía su imagen, y esta misma pequeña que no podía ni esconderse en
la realidad ni en la fantasía porque la voz femenina se le aparecía
congelada y disfrazada como medusa para quererla paralizar y así sólo la
escuche y obedezca a ella.
En fin, al cruzarse esas
dos voces, la masculina y la femenina, se hizo una; ya fusionada,
encontró su puesto en el diario, que anotaba en el cuaderno imaginario
hecho de desechos y restos útiles todavía...
Así aprendí a leer y abrir los
misterios ocultos guardados, robé las llaves de la biblioteca para
apropiarme a toda costa de lo que contenían esos libros resguardados para
que no se deterioren, yacían amenazados por la humedad y la soledad, por el abandono y un sello de agonía. Los deshojé
en más de mil y una noche.
Han quedado muchas vueltas atrás,
no hay retorno posible, hay un punto de razón que circula, hay un círculo
que se desprendió de la perfección. Hay un relato pendiente...
¿Qué rostros y rastros tenían
los libros de mi infancia? ¿El secreto de los libros y las preguntas de
mis deseos ocultos dónde están? Tanto lío entre letras, oraciones, párrafos,
signos de puntuación, parecía
que nunca iba a aprender a leer eso que despertaba curiosidad, cuando lo
contaban sin tanto papel e indicaciones de lee bien, repite, comienza de
nuevo, así no, rebeldía, cansancio, aburrimiento y por dónde iba.. .
Una cosa era escuchar el cuento
y otra leerlo. Eran como dos mundos, dos momentos, dos encuentros. Tuve
que aprender a escucharme. Es así como al ir creciendo envuelta en la magia de la palabra tanto oral como escrita, me dejé
llevar hacia ese otro mundo: el de la imaginación y creación. Es
así, como en mis manos tuve la vida y la muerte, el tiempo y el
espacio, el nacimiento y la vejez.
Ahí jugué y confabulé con la
verdad, vi al yo y al otro: YOTRO Y YOTRA
enfrentado con la mirada inevitable. Escuché y devolví la visión
a la palabra que desmitifica a la eternidad y el sufrimiento. Sentí el infinito tocando el cuerpo que envejece y muere.
De ahí, para mí, las fábulas,
las leyendas, y la vida misma como literatura, es mi salvoconducto para
amortiguar lo insoportable: esto es, enfrentarme con lo mortal y así
poder sostener la alegría de vivir como un regalo humano insobornable e
incorruptible.
¿Qué puedo decir de este
presente inmediato? Tal vez, que, aún me siento, y aún el caudal de
eslabones aparece disfrazado de incógnitas.
Parece que en una de mis otras
vidas fui la esfinge, fui el oráculo, fui la arena del desierto. Quizás
parte de la sombra de lo sospechoso.
El mismo misterio mismo develado:
el llanto y el dolor de la esfinge cuando se despeña entre las rocas al
ya no poder sostener los enigmas porque se agotaron las preguntas y los
secretos... ¿Se podrán
inventar otros?
©
Carmen Váscones/Enkidu
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