Los dos rostros de
Beirut
Por Dahr Jamail
BEIRUT, 06/08/2006 (IPS) - Un célebre cartel cerca
de la Universidad Estadounidense de Beirut muestra a una mujer vestida
con la tradicional túnica islámica negra junto a otra de bikini.
Juntas, representan el rostro de la capital de Líbano.
Una vez más, los aviones de combate israelíes
bombardean las zonas musulmanas al sur de Beirut por considerarlos
bastiones del Partido de Dios (Hezbolá) de tendencia islamista, chiita
y prosiria.
Antes habían bombardeado un puente en la zona cristiana de la ciudad,
lo que no es habitual.
No toda la capital es bombardeada por igual.
Beirut es una ciudad de dos caras, una cristiana y otra musulmana. Lo más
encantador de esta ciudad es la combinación de ambas tradiciones. No
siempre la diferencia entre ambas fue tan evidente.
La dualidad fue la raíz de los problemas, y también el origen de las
soluciones.
El conflicto entre cristianos y musulmanes desató una guerra civil, en
los años 60 y 70, que destruyó Beirut. La chispa que encendió la
llama fue la masacre de 27 pasajeros palestinos de un autobús a manos
de milicias de la derecha cristiana, el 13 de abril de 1975.
De inmediato hubo represalias que enroscaron la espiral de violencia
durante 17 años.
Antes de eso, en Beirut confluían dos mundos. Las naciones occidentales
la bautizaron "el Paris de Oriente". En las casonas blancas
con tejas rojas vivían los ricos que colmaban los elegantes comercios
del centro. Se vivía un ambiente festivo.
Beirut atraía a los occidentales que, de día, esquiaban en el monte Líbano,
desde donde se avista toda la ciudad, y de noche disfrutaban platillos
de mariscos en restaurantes al borde de las tibias playas bañadas por
el cristalino y azul mar Mediterráneo.
Es extraña la forma en que este país de menos de cuatro millones de
habitantes se las arregló para albergar tantos contrastes.
La influencia occidental era fuerte en la clase media. Muchos padres solían
enviar a sus hijos a seguir estudios universitarios en Occidente. Muchos
jóvenes libaneses se casaron en el extranjero y adquirieron doble
nacionalidad. Sus hijos, por consiguiente, fueron criados en dos
culturas.
Con el tiempo, esa costumbre predominó más entre cristianos que entre
musulmanes.
En la grey islámica, la comunidad chiita, que es mayoritaria en Irán e
Iraq y constituye la minoría en el mundo árabe ante los sunitas, creció
hasta constituir 60 por ciento de la actual población libanesa.
Al mismo tiempo, surgió Hezbolá, con el objetivo de contrarrestar la
amenaza israelí en el sur.
A comienzos de los años 70, las comunidades religiosas del país
comenzaron a distanciarse. Musulmanes sunitas y chiitas, refugiados
palestinos, maronitas cristianos, drusos, todos siguieron por su propia
senda. A menudo se atravesaban los unos en los caminos de los otros.
La masacre del autobús simplemente encendió la llama de esa explosiva
mezcla.
La intervención siria, seguida de la invasión israelí en marzo de
1978, solo trajo más muertes. El conflicto llegó al punto de que
varios países, incluidos Estados Unidos y Francia, enviaron tropas para
imponer la paz. Pero ellos también pasaron a ser blanco de ataques.
En 1983, 220 marines (infantes de marina) y otros 21 soldados
estadounidenses murieron en atentados terroristas en sus cuarteles de
Beirut, tras lo cual las fuerzas de paz se retiraron.
La guerra civil que se desató entonces se cobró, sólo en Beirut,
18.000 vidas.
El Acuerdo de Taif del 22 de octubre de 1989, patrocinado por Arabia
Saudita, dio por terminada la guerra civil de Líbano en 1990 y redujo
el enorme poder que detentaban los maronitas, al disponer la conformación
de un gabinete integrado equitativamente por cristianos y musulmanes.
Pero el acuerdo no contempló el creciente poder de los chiitas.
Al mismo tiempo, el gobierno no pudo contrarrestar la amenaza israelí.
Hezbolá, que surgió en la década del 80, se convirtió en una fuerza
de combate con más poder que el ejército libanés. El partido chiita
se formó para hacer frente a Israel.
Aun así, en los primeros años de vigencia del Acuerdo de Taif, hubo
cierta estabilidad. El comercio resurgió y el turismo retomó la dinámica
del periodo entre el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y el
comienzo de la guerra civil de los años 70.
Israel siguió ocupando algunas zonas del sur de Líbano, pero la
población de Beirut comenzó a limpiar los destrozos y a renacer
Esa fue la historia hasta este 12 de julio, cuando se desató el actual
conflicto actual. Desde entonces, un tercio de los habitantes de Líbano
se vieron obligados a abandonar sus hogares a causa de la violencia.
El campamento de Shatila volvió a albergar a los refugiados. Fue allí
y en el vecino campamento de Sabra donde, en 1982, milicianos cristianos
apoyados por Israel asesinaron a un millar de palestinos.
El país se hunde de nuevo, justo cuando se estaba levantando.
Antes de que comenzara hace más de tres semanas el actual bombardeo
israelí sobre Beirut, junto a un edificio con rastros de explosivos de
la época de la guerra civil en sus paredes se levantaba un lujoso
centro comercial, cuyos empleados limpiaban los vidrios hasta hacerlos
relucir.
El nuevo bombardeo agudiza el contraste. Todavía se aprecian las
casonas de tejas rojas y los lujosos restaurantes, no muy lejos de
Shatila.
Por una de las calles que aún se pueden transitar, un taxímetro
Mercedes Benz de más de 30 años lanza humo negro mientras lo rebasa un
automóvil flamante de la misma marca alemana, manejados por un joven y
pudiente libanés.
Beirut vivió siempre con ese contraste. Pero, será muy difícil borrar
la nueva brecha que separa el destruido sur de la elegante y
reconstruida área central, poblada por cristianos.
La ciudad todavía se jacta de sus finos restaurantes en la costa del
Mediterráneo y de exportar sus platillos tradicionales a todo el mundo.
Pero muchos olvidan que 20 por ciento de la fuerza de trabajo sufre el
desempleo.
La guerra civil alejó de la capital a los inversionistas. El nuevo
conflicto probablemente desaliente a muchos más de los que retornaron a
Beirut tras el Acuerdo de Taif.
La población chiita es la más golpeada. En estos días, los residentes
de la zona cristiana de Hamra, a 10 minutos de viaje de los derruidos
distritos del sur donde predominan los chiitas, tratan de seguir con sus
rutinas como si no hubiera bombardeos.
Muchos hacen ejercicios en la costa. Los comercios permanecen abiertos.
Las calles siguen congestionadas. Israel elige cuidadosamente la cara de
Líbano que va a bombardear.
Hamra sigue siendo agradable, aunque sobre las cabezas de sus residentes
se cierne un negro nubarrón de guerra. La ola de turistas fue
reemplazada por una de periodistas. El suministro de electricidad es
esporádico y se alargan las colas para conseguir combustible.
Beirut, y también Hamra, están al borde del precipicio.
Esta vez, la visita a los acantilados puede no terminar en un plato de
mariscos en la costa mediterránea
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