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Una década, una
guerra y 13.001 muertos
Por Marty Logan
KATMANDÚ, 15/02/2006 (IPS) - Asmina Chapagain es la víctima nepalesa
13.001 de la guerra que lanzaron 10 años atrás en este reino del
Himalaya los insurgentes maoístas, junto con sus primeras bombas caseras.
Chapagain y cuatro de sus amigos regresaban a sus hogares en bicicleta en
una carretera de dos sendas que conduce a su aldea, Khaireni, en la región
sudcentral de Nepal, en el preciso momento en que un vehículo militar con
soldados pisó una mina terrestre.
Chapagain, de 21 años, iba segunda en la hilera de bicicletas. Su cuerpo
estalló. Las rocas que volaban destruyeron la parte posterior de su
cabeza y su nariz salió despedida de su rostro.
"Era una muchacha estudiosa, trabajaba muy duro", dijo su madre,
Kulkumari Chapagain, al borde de las lágrimas, sentada sobre la tierra
fuera de su hogar, no lejos del famoso Parque Nacional Royal Chitwan.
Docenas de amigos y parientes se sentaron muy cerca de ella para ver a los
periodistas que la visitaban.
"Esta aldea nunca verá a una belleza como ella de nuevo", afirmó
un hombre de cabellos grises, mostrando una fotografía de una joven mujer
sonriente vestida con una chaqueta de cuero.
Cruzando la sucia carretera, la única de la aldea, la voz de la madre de
Ganga Tripathi se quiebra mientras describe que su hija, que iba en la
bicicleta detrás de Chapagain, fue herida gravemente por la explosión y
el ejército la trasladó a Katmandú en un avión, junto con los soldados
heridos.
"No hemos oído nada desde entonces, no sabemos cómo está ella",
dijo Tara Poudel, mientras los dos pequeños niños de su hija herida
trepaban sobre su otra abuela, sentada en un banco de madera en el pequeño
porche de su casa.
Quince militares y policías resultaron muertos cuando los maoístas los
atacaron en la tarde del jueves 9, en un segmento de un kilómetro de la
carretera. Se informó que cuatro rebeldes fallecieron.
La mayoría de las víctimas de la insurgencia que estrangula lentamente a
este país sumido en una pobreza desesperante son los aldeanos, como las
cinco jóvenes mujeres atrapadas en el fuego cruzado, según la Sociedad
de la Cruz Roja de Nepal.
Hace un año, el 1 de febrero de 2005, el rey Gyanendra perpetró un golpe
de Estado, alegando que el gobierno civil no mostraba señales de terminar
con la rebelión. Hoy, esas señales todavía no emergieron.
En enero, 10 días después de finalizar su cese del fuego unilateral de
cuatro meses, que el rey desestimó por considerarlo una estratagema, los
maoístas crisparon los nervios de los habitantes de Katmandú con ataques
nocturnos simultáneos sobre puestos policiales en torno de la capital.
Una docena de policías fueron muertos.
La fuerza rebelde está estimada en 7.000 combatientes de tiempo completo
y 25.000 milicianos.
Los maoístas también impusieron una huelga general nacional previa a las
elecciones municipales de la semana pasada, que tuvieron una concurrencia
de votantes de apenas 20 por ciento, con 800 contendientes retirando sus
nominaciones y otros bajo custodia armada.
Un boicot efectuado por los principales partidos de oposición fue la otra
razón para que las elecciones fueran "parciales". El sábado,
los líderes opositores condenaron las recientes matanzas maoístas, un
reproche inusual desde que ambas partes firmaron en noviembre un laxo
pacto político contra la tiranía. Se supone que ese acuerdo debe
conducir a elecciones para una asamblea constituyente que elaborará una
nueva carta magna y decidirá el destino de la monarquía.
Buena parte de las elites de Katmandú elogian a los maoístas por haber
planteado problemas de desigualdad en este reino hindú donde el régimen
de castas todavía determina profundamente las oportunidades sociales y
económicas de las personas.
"Hace 10 años, uno no podía discutir asuntos de castas abiertamente,
pero hoy las personas lo hacen todo el tiempo a causa de los maoístas",
dijeron.
En las aldeas, donde vive 80 por ciento de la población --la mitad de
ella con menos de un dólar por día--, miles optaron por la promesa de
los maoístas de una sociedad en la que las mujeres, los indígenas y
otros grupos "en desventaja" tuvieran iguales derechos y
oportunidades.
Por eso se unieron al "ejército del pueblo". Cuando los
rebeldes llaman a sus puertas, no tienen más opción que aceptar
alimentos, dinero o que sus hijos e hijas sean reclutados por la
insurgencia.
Los residentes de la zona criticaron a los maoístas luego del ataque.
"Ellos detonaron la bomba cuando las muchachas estaban pasando en sus
bicicletas. También les dijeron a policías y soldados no armados que
corrieran, y luego les dispararon por la espalda", relataron a los
periodistas.
Tras la batalla, las autoridades cerraron la carretera de ingreso y salida
del área. Pero ahora ha vuelto a concentrar bocinazos, autobuses tan
desbordados que llevan pasajeros en el techo, camiones, motocicletas y
"rickshaws", los pequeños coches de alquiler a tracción humana
tan comunes en Asia.
Pero las bicicletas los sobrepasan en número a todos, en una relación de
al menos 1.000 a uno. Niños y adultos circulan lentamente a lo largo de
la carretera. Los jóvenes pedalean lado a lado, los muchachos con sus
camisas brillantes y las mujeres con sus típicos "salwar kameez",
una suerte de piyamas rosados, rojos, amarillos y púrpuras, largas colas
de caballo y delgados velos al viento.
Bloqueando la autopista entre la aldea y el poblado más próximo hacia el
occidente -- Butwal, a tres horas de automóvil-- hay más de dos docenas
de pilas de rocas o árboles caídos ubicados en la ruta por los rebeldes.
Parcialmente despejadas por personal de seguridad para que los vehículos
pudieran pasar, aún así bloquean más de la mitad de la carretera.
Varios habitantes de la zona se sientan en uno de esos árboles. Fueron
contratados para quitarlos de allí. Dos hombres esperan a que un tercero
termine de afilar una sierra. Al preguntarles si tienen miedo, responden
que sí. Pero en un país donde los bloqueos, huelgas generales y batallas
devastaron la economía, es difícil rechazar un trabajo.
En entrevistas publicadas al cumplirse esta semana un decenio del inicio
de la insurgencia maoísta, Prachanda, su líder, dijo que la dirigencia
rebelde decidió que Nepal todavía no estaba listo para una revolución
popular, y que una democracia republicana debería llegar antes.
Pero si los nepaleses prefieren retener a la monarquía, pueden hacerlo,
agregó.
"Sea cual sea la decisión que el pueblo tome, estaremos prontos para
aceptarla", afirmó.
En las carreteras de Nepal, la gente dice que ya eligió: "Paz".
(FIN/2006)
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