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Minorías sexuales
sin derechos
Por Marcela Valente
BUENOS AIRES, 20/03/2006 (IPS) - Noelia Luna nació hombre pero vive
como mujer. No trabaja. Tiene pareja desde hace 15 años y tres hijos. Su
vida se parece a la de cualquiera. Pero si se compara con la del resto de
travestis, transexuales y transgéneros de Argentina, es una sobreviviente.
"Yo conseguí estudiar y tener una familia, pero para la mayoría de
nosotras la vida es muy dura", dijo Luna a IPS. "Es un tema
cultural. Para el macho latino, la 'mariquita' es objeto de burla desde la
infancia y lo sigue siendo después en la escuela o en un hospital, donde
somos discriminadas", aseguró.
Según un Informe sobre la Situación de los Travestis, Transexuales y
Transgéneros en Argentina para el que fueron entrevistadas 302 personas
de las ciudades de Buenos Aires, la oriental Mar del Plata y de
localidades de los suburbios de la capital argentina, la lista de "amigas"
fallecidas en los últimos años suma 420, la mayoría jóvenes..
De ese total de víctimas fatales, 62 por ciento murieron a causa del sida,
17 por ciento por asesinato y el resto se suicidaron o fallecieron en
accidentes de tránsito, por sobredosis, mala praxis en cirugías estéticas
u otras modificaciones corporales, cirrosis, cáncer y otras enfermedades.
Casi 70 por ciento de esos decesos ocurrieron cuando las personas tenían
entre 22 y 41 años, concluye el estudio "La gesta del nombre propio",
publicado este mes por la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El libro
fue coordinado por Lohana Berkins, de la Asociación de Lucha por la
Identidad Travesti y Transexual.
Berkins pudo hacer estudios terciarios a fuerza de reclamar que se la
identificara con su nombre de género. Para ello, tuvo que presentar una
denuncia ante la Defensoría del Pueblo de la Ciudad. Por obstáculos como
ese, apenas tres por ciento de las consultadas tiene formación superior.
Sólo 11 por ciento de las personas entrevistadas estudian en la
actualidad. Sesenta y cuatro por ciento de los 302 travestis encuestados
no terminaron la enseñanza primaria, y 20 por ciento no finalizaron la
secundaria. Casi siempre, las causas de la deserción se vinculan con el
conflicto por su identidad de género, surgido en la infancia o
adolescencia.
Luna, del Movimiento de Identidad Sexual, Ética y Religiosa, colaboró
con la realización de las encuestas. Ella se define como "transgénero",
pues se identifica con un género distinto al de su sexo biológico.
Rechaza la categoría de travesti, porque la considera muy asociada a la
prostitución.
Tanto Luna como Berkins están convencidas de que el activismo por el
reconocimiento de sus derechos ciudadanos les permitió ganarse un lugar
distinto dentro de esa colectividad tan discriminada. Berkins llegó
incluso a ser candidata a diputada por la ciudad de Buenos Aires.
La mayoría no tiene su suerte. Del total de travestis entrevistados para
el estudio, 79 por ciento obtiene sus ingresos ejerciendo la prostitución.
"Es una de las pocas alternativas en las que se puede combinar el
ejercicio de la identidad travesti con un ingreso para vivir", señala
el libro.
"La investigación muestra la exclusión que afecta a nuestro
colectivo, la dificultad de acceder a la condición de ciudadanía, los
problemas en el acceso a la salud, la educación, la violencia policial,
sexual y doméstica", destaca Berkins.
De acuerdo a los relatos recogidos, de cada 100 travestis encuestados, 86
fueron víctimas de algún tipo de violencia policial casi siempre debida
al ejercicio de la prostitución callejera (por negarse a pagar sobornos a
los uniformados, por resistirse a ser detenidas por causas injustas, o
simplemente por golpes sin causa aparente).
En la ciudad de Buenos Aires, las normas que perseguían el ejercicio de
la prostitución y las que impedían vestir ropas del sexo contrario en la
vía pública fueron derogadas a fines de la década de 1990. Pero la
prostitución se reglamentó de forma tal que la policía sigue siendo un
fantasma al acecho.
Pero además, 91,5 por ciento de los travestis encuestados aseguran haber
sido víctimas de distintas situaciones de violencia debidas a su
identidad de género en algún momento. Las situaciones más mencionadas
fueron las burlas, los insultos, las agresiones físicas, la discriminación
y el abuso sexual.
Pese a que en Argentina está garantizado el acceso gratuito y universal
al tratamiento contra el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida),
no hay programas que reconozcan las particularidades de estas minorías
sexuales, escondidas muchas veces bajo la categoría sanitaria de
"hombres que tienen sexo con hombres".
La resistencia a atenderse bajo esa denominación, sumada al trato
discriminatorio que aseguran recibir en los hospitales, de parte de médicos,
enfermeros y personal administrativo, alejan a los travestis de la
consulta preventiva y del tratamiento. "La atención tiene lugar casi
siempre en condiciones ya apremiantes", dice el libro.
Los testimonios de maltrato sistemático en hospitales abundan en el texto.
Burlas, insultos, negativa a prestar atención o a llamar a las personas
por su identidad de género y subestimación de los síntomas, son apenas
algunos padecimientos.
Pero hay además relatos de médicos que confirman los malos tratos y
abusos contra los miembros de esta minoría cuando son internados junto a
personas de su mismo sexo, pero de distinta identidad.
Una consideración aparte merecen las intervenciones quirúrgicas y
tratamientos para la transformación del propio cuerpo, prácticas todas
que las autoras del libro atribuyen a la necesidad de contar con atributos
valorados por los consumidores de la prostitución. Ochenta y ocho por
ciento de los consultados se sometieron a algún tipo de cirugía con este
fin.
La intervención más común es la inyección de siliconas, que puede
resultar letal cuando no se dan las debidas condiciones de asepsia. Casi
100 por ciento de los entrevistados aseguraron haberse aplicado esas
sustancias en domicilios particulares y no en clínicas ni en consultorios
médicos.
También hay quienes se someten a tratamientos hormonales o al implante de
prótesis.
El libro, que alude en su título a la lucha que deben emprender quienes
pretenden ser llamados con un nombre del sexo contrario al que les dieron
sus padres, surgió como una necesidad luego del brutal asesinato de un
travesti en 2005 en la ciudad bonaerense de Bahía Blanca, en el este de
Argentina.
Alejandra Galicio murió tras una terrible golpiza que le causó
politraumatismo de cráneo, fracturas, laceraciones, hemorragias,
inflamación ocular y hematomas múltiples. El ataque fue ejemplo de una
agresión sistemática y silenciada.
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