La ganancia de la Espiritualidad
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José Álvaro Olvera I./ Comunidad Católica Vino Nuevo
En días pasados me
preguntaron por los beneficios de la espiritualidad en la vida de las
personas. Pensé un poco y respondí: Ninguno,
claro está. Los interlocutores se miraron con cara de “What!” y
uno de ellos comentó que de nada valía el esfuerzo espiritual si no se
sacaba ninguna ganancia de ello. Sonriendo le dije: Tienes
razón, no vale la pena… ¡¿Y entonces?!
¡Ah, nuestra cultura! La
ideología de la productividad y aquello de que el tiempo es oro, nos ha
creado la visión de que todas las cosas tienen que servir para algo,
que necesitamos ganar algo a cambio de lo que hacemos y de que, si
invertimos un tiempo, necesitamos resultados contables al más corto
plazo. El problema es querer aplicar todo esto a la espiritualidad.
La espiritualidad no sigue
estos esquemas porque no hay ganancias, no hay inversión y réditos, no
hay planes y resultados evaluables, hay Vida.
La práctica espiritual está
relacionada con la gratuidad: hacerla sin esperar nada a cambio, ni
visiones, ni sensaciones, ni fenómenos físicos… nada de nada.
La práctica espiritual es
como mirar una pintura: no sacas nada cuantificable de ello, se mira
solo por el placer inmenso que nos produce contemplar el arte.
Y es como escuchar una sinfonía
(o un réquiem o lo que sea que nos guste escuchar) ni inviertes ni
obtienes beneficios, escuchas por el placer de disfrutar de unas notas.
Es como quedarte una noche en
el bosque en los meses de invierno, no va a lograr que te asciendan en
el trabajo, pero qué gusto, qué sensación la de mirar las estrellas,
lejos de toda luz.
Las cosas que tienen que ver
con la espiritualidad están muy relacionadas a la sensaciones
placenteras: comer, bailar, contemplar, asombrarse, disfrutar… por eso
me gusta mucho explicar la espiritualidad comparándola con el buen sexo,
el sexo rico, placentero, aquel que te hace gemir y gritar desde los más
hondo de tu ser.
La espiritualidad es como el
buen sexo: tiene su esfuerzo (porque recuerda que el orgasmo es de quien
lo trabaja) tiene su chiste y hasta su grado de dificultad, pero bien
vale la pena.
La espiritualidad es como el
buen sexo: una conexión con los estratos más hondos, misteriosos y
sagrados de la Vida, por eso se hace por el placer de conectarnos con la
Vida en una de sus expresiones más poderosas que es, a fin de cuentas,
conectarnos con nuestra dimensión divina (de esto hablaremos en otra
ocasión con más calma)
La espiritualidad es como el
buen sexo: querer usarlo como medio para obtener algo (una reconciliación,
el fin de un problema, relajación, un auto nuevo, etc.) es degradarlo a
un instrumento de nuestros intereses.
La espiritualidad es como el
buen sexo: no lo haces porque obtengas nada, lo haces porque es un
placer hacerlo.
Y como el buen sexo, la
espiritualidad nos recuerda que estamos VIVOS, que somos capaces de
sentir y experimentar, que no somos piedras y que a pesar de todos los
problemas, angustias y sufrimientos, podemos experimentar la plenitud ya
desde esta vida.
Claro que esa conexión con la
Vida nos va transformando, nos va enriqueciendo y ahí podemos ver los
beneficios, pero éstos son posteriores, como en el buen sexo.
Por todo esto, comprendo mi
fascinación por ciertas espiritualidades orientales donde el buen sexo
es visto como un camino – al alcance de todos – para entrar en
contacto con la Divinidad y unirnos con ella.
En fin, no sé si san Luis
Gonzaga (aquel que, según la leyenda no miraba ni el seno de su madre
cuando lo alimentaba para no atentar contra la castidad) esté de
acuerdo con mi visión de la espiritualidad, quizá no, pero san Juan de
la Cruz, que escribió: En mi
pecho florido / Que entero para él [Dios]
solo se guardaba / Ahí [Dios]
quedose dormido / Y yo le regalaba / Y el ventalle de cedros aire daba, seguro
que sí.
J. Álvaro Olvera I.
Comunidad Católica
Vino Nuevo
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