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Una política para los excluidos - Une
politique pour les exclus - Punto de vista
Le Monde, Nicolás Clément, 10 de enero (Traducción al castellano © AVS/Enkidu):
Una iniciativa original con las carpas de los Niños de Don Quijote [Enfants
de Don Quichotte]; una promesa electoral ambiciosa (de no tener a nadie en
situación de calle en dos años)... y aquí, de nuevo, las personas sin
hogar que regresan a la actualidad. Con el riesgo de que, una vez más,
luego del tumulto mediático, nada ocurra y todo sea olvidado.
Entonces, ¿qué se debe hacer? Inicialmente y sobre todo, compartir el
mismo diagnóstico: la exclusión no es un fenómeno simple con una causa
única. Las personas sin hogar no sólo carecen de un techo, incluso
cuando sus historias son muy diversas, muchos tienen en común características
sobre muchas carencias: con mucha frecuencia, carecen de formación (30%
tienen dificultades para leer, escribir o contar), carecen de familia (22%
fueron localizador por la DDASS [Direction Départementale des Affaires
Sanitaires et Sociales -Dirección Departamental de Asuntos Sanitarios y
Sociales, N/Enkidu]), carecen de empleo (aunque al mismo tiempo, 30%
cuentan con un trabajo), carecen de sueño (¡una persona en la calle
duerme 5 horas con 42 minutos cada 24 horas!), carecen de seguridad (29%
de los hombres y 50% de las mujeres que carecen de una residencia fueron
atacados al menos una vez en los últimos dos años), carecen de vínculos
familliares [liens familiaux] (48% no tuvo contacto alguno con su madre en
los últimos doce meses nii físico, ni por correo, ni por teléfono y
esta tasa aumenta al 67% en relación con el padre), carecen de amigos
(31% no tienen un solo amigo); muchos también (y no es novedad) carecen
de papeles: la política muy estricta que se aplica a los clandestinos
impide que muchos de ellos puedan trabajar, de forma que se les corta
cualquier acceso a recursos, sin que les den los medios para regresar...
Segunda constatación: la gente en situación de calle es muy numerosa
(casi 100,000 personas) y la mayoría son "invisibles" porque
nada los distingue de las personas con casa. ¡Más aún, en lugar de
mostrarse asombrados por su aparente número elevado, conviene asombrarse
porque sean aún pocos, considerando que ya hay casi 1.2 millones de
RMistes [Revenu Minimum d'Insertion, Salario Mínimo de Inserción] y no
menos de 6 millones de personas con residencias poco adecuadas!
Tercera constatación: esta exclusión dura ahora aproximadamente 20 años
(fue a mediados de los años 1980 cuando se descubrió a estos "nuevos
pobres" ["nouveaux pauvres"]); uno debe reconocer entonces
que es un fenómeno de fondo y no un accidente ocasional (notemos además
que no es un asunto único de Francia y que las polémicas de los políticos
para saber quién, de izquierda o derecha, es responsable, son poco
pertinentes.
Cuarta constatación: la mayoría de los excluidos desearían trabajar,
pero la mayor parte no pueden o no pueden más. Uno evoca todas sus
carencias que son por igual dificultades; también sería necesario
repetir el carácter agotador de su vida para, exactamente, sobrevivir (uno
no muere de hambre en Francia, sino por encontrar dónde dormir, dónde
lavarse, dónde nutrirse, se deben recorrer kilómetros cada día, hacer
cola sin cesar y, finalmente no hacer nada más que eso...), todo frente a
unos 2.5 millones de desempleados, mejor capacitados, más disponibles que
ellos. Quien haya buscado con antelación un trabajo en condiciones "normales",
con un bagaje conveniente de cualificación y experiencia, conoce la
dificultad de la tarea; ¿cómo entonces, no comprender su desaliento!
Consecuentemente, si la diagnosis es compartida, uno ya no puede, uno
ya no debe tratar más a la exclusión como una urgencia. Decir eso
permitirá, por ejemplo, cesar el pago de sumas astronómicas para el
hospedaje en hoteles miserables pero muy costosos. Decir que uno no piensa
más en la urgencia, sino en la duración que obligaría a elaborar
soluciones verdaderas de largo plazo con lugares de residencia durables
donde uno pueda permanecer durante meses (y no como hoy, sólo algunos días)
y todo el día (actualmente, con frecuencia, uno debe salir temprano en la
mañana), teniendo a algunos por habitación pero sin reconstituir los
dormitorios comúnes, sino también sin dejar a las personas solas; a
reconsiderar la totalidad de la cadena de vivienda (del alojamiento a la
vivienda social y de esta al alojamiento en el parque privado); a reforzar
la ley sobre el 20% de viviendas sociales por comuna (municipio,
N/Enkidu); a reconsiderar también la política con respecto a los
inmigrantes clandestinos (un joven afgano, por ejemplo -hay cientos de
ellos en Francia- que perdió siete u ocho mesees para llegar a París y
le ha costado, a él y a su familia, aproximadamente €10,000 euros, que
es enorme comparado con el promedio de ingresos en su país; él no puede
entonces considerar un fracaso: si queremos que se vaya, es absolutamente
necesario darle los medios, caso contrario, ¡él preferirá morir en el
lugar!
De hecho, la totalidad de la política social (y no solamente sus márgenes)
deben ser afectadas por una política real contra la exclusión para que,
al mismo tiempo, se trate a las personas excluídas pero también para
actuar de manera contundente y evitar el regreso de nuevo a la exclusión.
En el corto plazo, mientras que esta política ambiciosa tiene lugar,
algunas medidas muy simples son esenciales para mejorar la vida de las
personas en situación de calle: dar acceso gratuito 24Hrs/24 a baños públicos
(ellos son, finalmente, gratuitos, pero se cierran en la noche), hacer de
algún modo que el SAMU social responda (positivamente o no) en menos de 5
minutos (actualmente puede llegar a... ¡una o dos horas!), crear depósitos
gratuitos donde se pueda dejar sus cosas durante el día...
Pero en especial, tomará tiempo (¡mucho tiempo!) y un profundo
respeto para aquellas personas cuyo ritmo ha sido roto y por quienes es
indispensable un acompañamiento de larga duración.
Entonces, ¿hacer desaparecer a las personas sin casa en dos años?
Este tiempo es, sin duda, demasiado corto incluso si podemos alabar el
objetivo. Todavía hay que ser muy conciente de la fragilidad de las
personas y entonces de la necesidad de acciones en el largo plazo; ¡tampoco
debemos caer en la exclusión a la inglesa (evacuación de los pobres de
las áreas céntricas bajo el modelo "escondamos a este pobre, al que
no sabría ver" ["cachez ce pauvre que je ne saurais voir"]!)
Y si uno piensa en todos estos excluidos como personas verdaderas y no
como casos que se deben tratar con urgencia, si uno los imagian como
nuestros padres, como nuestros allegados, entonces, sólo será cuestión
de la técnica y encontraremos el detalle de las soluciones reales más
elevadas...
* Nicolas Clément es voluntario para los sin-hogar
en Secours Catholique.
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