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Bisexualidad
La Preferencia oculta
PARTE
UNO
© Salvador M. Camacho/Enkidu
La
motivación sexual depende básicamente de factores ambientales, y es
aprendida, en el sentido de que debe adquirirse durante estadios específicos
de la vida. Presenta numerosas variaciones individuales. (Ardila, 2001).
Tratar
de definir qué son las identidades sexuales desde las orientaciones, (el
término orientación de manera convencional y no por oposición a
preferencia, en el sentido de q orientación como un término que designa
lo esencial e inevitable y preferencia como una construcción asumida y
decidida voluntariamente por el sujeto, sino a ambos términos como una
expresión de la “multidimensionalidad” y polivalencia de las prácticas
eróticas), (Garber, 1995), nos introduce en el terreno de tratar de
descubrir sus orígenes, cómo son y cómo se forman: ¿atracción
afectivo-erótica, prácticas concretas, asignación propia, fantasías,
percepción del yo ideal?, ¿Desde cuál de éstos se designa una
orientación sexual?, ¿se trata de un fenómeno individual o de una
construcción social?, ¿desde y hasta cuándo se tiene una orientación
definida?
Probablemente
hay que pensar, en primer término, en que existe una diferencia crucial
entre identificarse a sí-para sí e identificarse a sí-para otros, entre
el ser y sentirse en el espacio de lo privado y asumir un rol social o una
identidad por adscripción.
Es
en el espacio de lo público donde se gestan los habitus y las
representaciones sociales, es en el plano de éste y de la identificación
de sí-para otros, donde empieza la necesidad de sentirse aceptado y de
validar la existencia propia dentro de una comunidad.
De
tal manera, es en el espacio de lo público donde se configuran,
manifiestan y reproducen las identidades sexuales pero es en el ámbito de
lo privado (el imaginario Lacaniano) donde se conforman (denotar con el término
conformar, un "nacimiento esencial" de las pretendidas
orientaciones sexuales, sino, en el sentido Lacaniano, una construcción
subjetiva en la que la vivencia erótica traspasa cualquier consideración
de orden biológico y moral, para instalarse en la lógica del deseo).
Tampoco se pretende asignar al espacio de lo privado única y
exclusivamente el orden de lo imaginario, ya que en él coexisten también
lo simbólico y lo real. No se tiene la intención de sugerir que existe
un momento específico de "fundación" de las orientaciones
sexuales; existe una gran cantidad de intentos teóricos por determinar si
éstas si son "naturales" o construidas, la etapa de la vida en
que "se origina" o se manifiestan y su nivel de estabilidad y
permanencia, entre ellos destaca la tesis freudiana, que fue
revolucionaria en el reconocimiento de la sexualidad infantil).
Existe
una dificultad real en pretender definir las identidades sexuales de una
manera unívoca y lineal, así como la carencia de elementos suficientes
para superar las contradicciones de la asociación directa que se
establece entre identidad de género y orientación sexual. (Halperin,
1993).
En
este sentido, los estudios lésbico-gay han aportado la posibilidad de
establecer una separación sustancial entre la identidad genérica y la
sexual. Han puesto de manifiesto las tesis constructivistas en tono a la
constitución de las identidades sexuales, así como los significados
sexuales inscritos en diferentes formas de expresión cultural. (Castañeda,
1999)
Como
nos dice (Laplanche, 1970). En su Diccionario de Psicoanálisis, “el
concepto de bisexualidad surge en la literatura médica y filosófica
alrededor de 1890”. Es introducido al psicoanálisis, con un sentido
distinto, a partir de los Tres ensayos de teoría sexual (Freud, 1905). En
sus primero y segundo ensayos, Freud establece que el ser humano posee una
disposición bisexual más allá de lo anatómico, con múltiples
posibilidades de placer representadas en la pulsión sexual. La sexualidad
es deseo, de ahí que resulte eminentemente humana. El objeto de amor no
tiene nada que ver con sus sexos, sino con la "fuerza" que en él
se percibe.
En
el psicoanálisis contemporáneo, por su parte, (Lacan, 1967) señala
claramente cómo la relación que Freud centró en la díada madre-hijo,
se ve mediada por un tercero: el falo como elemento significante del deseo.
Es esa perpetuidad de lo que "falta", o bien no asumir esa falta,
o bien "ser" ese falo, lo que llevará a la búsqueda de un Yo
representado en el otro a partir del valor que se le asigne. Ello dará
por resultado una orientación sexual determinada.
Esta
construcción teórica, que en principio pretende explicar la
homosexualidad, nos brinda la posibilidad de visualizar cómo, a partir de
la constitución del sujeto humano merced de ser nombrado por Otro en las
etapas tempranas de la conformación del psiquismo, se elaboran
significantes cuyos efectos de significación son imprecisos,
"hombre" y "mujer", como los entendemos, no están
claramente diferenciados en cuanto a su función en el desarrollo del ser
(psíquico), por tanto las elecciones de objeto se dan desde otros "criterios".
(Butler, 1997).
Así
la bisexualidad pasa a ser una categoría que puede verse de múltiples
maneras, entre ellas en función de una atracción erótica vinculada a
las características del género típicas, lo que incluiríamos como una
"falsa" bisexualidad en términos de identidad, o bien no
asociada a características genéricas ni genitales, sino de la persona,
lo que (Castañeda, 1996), llamará bisexualidad abstracta.
De
igual manera, representa un reto el poder definir quién y en qué momento
es bisexual, ya que, como lo señalan algunos investigadores (Castañeda,
1999; Klein, 1994), esta "cualidad" es sumamente variable en un
mismo individuo a lo largo del tiempo.
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