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Humor
(poscolonial) de Reinas

por
Antonio Marquet/Enkidu
Reinas (España, 2006) de Manuel Gómez Pereira, es
una divertida comedia de enredo, quizá una de las mejores que haya visto,
lograda haciendo funcionar a la heterosexualidad como espejo de la gaydad.
Es decir fuera de las fantasías de Trascendencia, Institucionalidad, Ley
natural, Eternidad, que la beatobuguería se cuenta a sí misma bajo su
simulacro engañabobos de la Familia. No se trata de una puesta en
paralelo, sino de algo más en que resulta que la extrañeza, la
promiscuidad, toda esa otredad, esa irreductible irrecuperabilidad de la
sexualidad homo para la buguería, es puro cuento. Ellos no sólo actúan
igual, les fue igual (los mismos incidentes ocurrieron antes de su boda,
treinta años antes) sólo que ahora ven la oportunidad de modular un poco
su irrefrenable proclividad a la hipocresía. La exuberancia de la
sexualidad homo, con sus “excesos” y “amoralidad”, es la misma de
los padres. Aquélla por resistencia, experimentación, iconoclasia; éstos
porque han tirado la máscara.
Nuria,
la ninfómadre, la deliciosa Verónica Fourqué, pide a su hijo Narciso (Paco
León) que la entienda en función de la más característica sexualidad
gay, desde la práctica del cuarto oscuro. Su ninfomanía la hace actuar
como si fuera gay, con la misma libertad, siguiendo los misma inspiración
del instante, con la misma fascinación por la seducción, con el mismo
ludismo, osadía y seguridad para hacerlo en todos lados, contra todos, en
cualquier ocasión: basta un cruce de miradas para que se saque las bragas
y que el dispositivo se ponga en marcha.
El
campo de batalla de los afectos se prepara con todos sus pertrechos. Las
interrogaciones de una molestia masculina que ahora no se atreve a decir
su nombre, se complementan con madres posesivas, chantajistas, celosas,
invasoras, impositivas, egoístas, calculadoras… Los hijos gay se ven en
un fuerte entramado afectivo. Con lo cual se cae el cuento de la soledad,
marginación, clandestinidad, expulsión y el encerramiento en el
melodrama al que había sido condenada discursivamente la homosexualidad
en el siglo pasado.
Antes
supeditados, ahora son protagónicos en el discurso fílmico. El mundo
marcha al batir de la euforia casamentera de un país de izquierda que les
ha dado plenos derechos (aunque suspira por el generalísimo). Bugas y
gays construyen, disfrutan, exhiben los mismos intereses mercantiles,
laborales, sin que falte la nota de la polarización de clases, con roces
económicos y sociales: un argentino, un cubano o el hijo del jardinero la
harán de atractivos sementales, para practicar un fetichismo muy
postmoderno y “divertido”, papel destinado a la periferia de la Metrópoli.
Ya
la hicieron los gays asimilados. Y la mayor prueba es que protagonizan la
comedia-del-glamour-y-el-triunfo-del-consumismo, hablando con acento
peninsular y con la plata de Warner Brothers. La fortaleza del sistema
queda demostrada con la boda como el hecho mediático por excelencia, que
permite exhibir dinero, clase y poder. La nueva clase de triunfadores gay
está colocada en el centro de intereses globalizados, de las
trasnacionales de la industria del placer y del dolce
far niente: no vale la pena afanarse por nada si son hijos de mamá
que ahora es Juez (Helena, Mercedes Sampietro), empresaria (Magda, Carmen
Maura), o restaurantera (claro, a Ofelia (Betiana Blum) no le alcanza para
pagar tanto glamour: es argentina).
Cenas
de despedidas, recepciones, cocteles: nada de mayor interés ocurre en
este mundo que se centra en la gaydad y en la boda común, en la primera
boda. Han sido recuperados por el sistema (y es que había que llegar a
todos los espectadores). Si acaso una pequeña huelga, pero con
connotaciones de alcoba (¡tenía que ser un cubano el que pidiera salario
más justo!).
Los
derechos ya no se reclaman en nombre de la moralidad, la patria, la religión.
Los intereses transnacionales triunfan de la mano del éxito gay. Para
celebrar los actores sociales (policía, juez, medios…) deben acudir a
la cita, ataviados con las mejores galas. Momento de plenitud y felicidad:
incluso el jardinero puede comprar una corbata Valentino, y el mismo chef
ha salido beneficiado y podrá enviar la remesa para su familia, que no ve
desde hace lustros. Poco importa, el cubano (la periferia) está sometido
por la Madre Patria, gozando de la posición postcolonial, tirándose a la
patrona y obteniendo un alza salarial. Argentinos, cubanos, todos
participan del pastel, siempre y cuando acepten su condición subalterna (instructores,
chefs). De tal forma, ¡qué lindas son las bodas gay!
Reinas transcurre cuando se afinan los últimos
detalles del ritual. Todo debe estar listo para la fiesta. Ya han empezado
a llegar los invitados. ¿Los escollos permitirán que se lleve a cabo la
boda? Las infidelidades, las tensiones, los reencuentros, la crisis pasarán
para dar paso al feliz momento del sí. La sociedad reproduce sus rituales
incluso con los gay. En ese entramado, en el funcionamiento de los
mecanismos del ritual, se traman nuevas alianzas, nuevos pactos y se
produce la reconstitución de la familia. ¿Sobrevivirán las
instituciones en el nuevo horizonte legal de la gaydad? ¿La familia
seguirá ocupando algún lugar? ¿Qué lugar si los conservadores han
anunciado el fin de los tiempos, de la familia y las instituciones? ¿Cómo
funcionarán los padres, las madres, las suegras y las nueras que giran en
torno de la centralidad-gay? Mejor ni plantease el problema. Seguramente
lo harán siguiendo las leyes del buen consumo, la ética de la
exclusividad, las leyes del dinero plástico… En el mundo contemporáneo
se han despejado los misterios.
Reinas
y… ¿princesas?
Si
hay una reina, habrá necesariamente un rey, príncipes y princesas: la
reina apela al andamiaje del sistema real… Cuestionado, debilitado,
alejado, expulsado, aparece también el rey…
La
reina también convoca al sistema de la imaginación infantil, a cuentos
de hada… ¿Acaso esta película apela también, como de costumbre a la
infantilización del homosexual, un adulto imposible, un adolescente
permanente? ¿requiere el homosexual de una reina, dinámica, activa, que
todo lo tiene para que se lo ofrezca todo, para su protección narcisista,
para su letargo por-siempre-maternal. En todo caso estamos frente a un
episodio en que la reina aparece como se espera: poseedora de todos los
bienes que se ofrecen con bondad, generosidad, para refrendarse como ser
protector, tibio, omnipotente, omnisapiente, omnipresente.
Desde
tal perspectiva los homosexuales serían hijos de mamá: niños
consentidos, que todo lo tienen gracias a esas madres fuertes, ambiciosas,
exitosas, independientes, modernas, comprometidas con su carrera. De ellas
reciben todo ¿para que salir del ámbito femenino? La homosexualidad como
un arrellanarse en la dimensión materna. ¿Para qué ir más allá si la
mesa está servida?
Desde
otra perspectiva, desde la rivalidad homo vs. madre, el homosexual refleja
la ninfomanía materna. Ante la imposibilidad de controlar esa sexualidad,
que no es posible satisfacer, la figura paterna se desvanece, desaparece.
Su lugar lo ocupará, pasajeramente, el primero que llegue. Mientras madre
y homo tanto rivalizan por el psicoanalista y por el novio. Si el hijo se
tira al psicoanalista; la madre se tirará al novio. Poco importa el número
de las parejas, o el sitio en el que se encuentren, en ese duelo que
sostienen madre e hijo. Mamá me quita los novios (porque yo me acuesto
con su pareja –aunque sea la pareja del análisis).
La
trama de la actriz y el jardinero que la desea y cuida su jardín mientras
ella está en el set, nos coloca ante otras posibilidades. Es el hombre
dentro de la casa, pero el hombre tímido que tardíamente reclama los
derechos sexuales, y pasa de lo metafórico, es decir de cultivarle el
jardín, a podar las flores del jardín. La metamorfosis de este padre se
realiza gracias al hijo médico, el self made man, que se casa con el hijo mimado de la actriz. Es
entonces cuando el jardinero penetra, cuando cambia de calcetines (¿para
qué explotar la significación obvia?), se muda de casa para que ocupar
el sitio de padre, padre de ambos chicos que serán ahora…. ¡niños
incestuosos!, ante el beneplácito de unos padres que además no los
pierden. Conservar a los hijos, ser padres en situaciones innovadoras. ¡Que
asfixiante claustrofobia!
Mientras
la madre sea reina, los homosexuales serán princesas, si no homos. Ellas
han construido sus espacios de poder, son reinas con un emporio. Los hijos
forman parte de él. El sistema maternal de poder homosexualiza al hijo y
expulsa al marido a una extraterritorialidad (que puede ser el jardín, América,
o la policía). Ella dicta la ley, celebra sus rituales, como el
matrimonio, reconoce a las familias: al padre toca vigilar que las leyes
maternas se cumplan. Parecería que esa función de Ley, el nombre del
padre; ha sido sustituido por el nombre de la empresa, una empresa
devoradora, que solo crece y devora y utiliza a los empleados que aseguran
su placer (siempre y cuando se mantengan como subalternos).
Reinas de de Manuel Gómez Pereira. Con Verónica
Forqué (Nuria), Carmen Maura (Magda), Marisa Paredes, Betiana Blum
(Ofelia) Mercedes Sampietro (Helena), Gustavo Salmerón (Hugo); Unax
Ugalde (Miguel); Raúl Jiménez (Rafa); Lluis Homar (Jacinto); Jorge
Perugorría; Daniel Hendler (Oscar); Guión Yolanda García Serrano y Joaquín
Oristrell. España, 2006.
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