|
Orgullo
y prejuicio (Parte IV)
©
Gerardo Spíndola*
Los
Motivos del Lobo
Mucho
antes que Marx dijera que la Historia era una lucha de clases, ya existía
la idea en la Civilización Occidental, de un modo de vida en que todos
fueran complementarios, importantes y necesarios para con uno mismo y los
demás. Esa idea de un final opuesto a un principio se aplicó durante el
siglo XX como una respuesta a la teoría materialista, dejando al
individuo como parte, a veces muy importante y otras un mero número o
elemento de la fórmula social, de una respuesta definitiva a todas las
necesidades humanas. El fin del deseo debía traer la plena felicidad y
con esta el fin de la Historia.
Actualmente,
nos enfrentamos a que la Comunidad Gay apenas se ha dado cuenta lo que
significa ser reconocida y que se tengan derechos equiparables a las
uniones heterosexuales. El caso de México debió iniciar con aceptar,
como término de igualdad, que la Constitución incluyera la preferencia
sexual entre los motivos para nunca ser discriminado o rechazado, en vez
de pedir un concepto de equidad donde nos van a decir, de forma políticamente
correcta, en qué situaciones somos, o no, equiparables al concepto de
heterosexualidad. Aun no podemos adoptar (ni siquiera a los hijos de
nuestras parejas); tampoco pedir los cuidados del Seguro Social que se le
dan a la pareja o concubina de una trabajador; tampoco viajar; solicitar
un préstamo; o arrendar una casa mas que en forma individual.
Aún
así, se nos muestra el reconocimiento de que existimos, todos los que no
entramos a la idea de una pareja heterosexual que se junta para tener
hijos y prolongar la situación de base social que tiene el matrimonio. Tampoco
se puede pedir que una asociación religiosa pueda reconocer una relación
civil como el matrimonio ante las creencias que cada persona tenga y, que
se supone, la ley reconoce al colocar a las instituciones religiosas como
parte de los grupos laicos y por ello, obedientes de lo que la ley civil
dicte. En pocas palabras, falta mucho para que exista la igualdad y no
podemos quedarnos sólo en la equidad.
En
una sociedad que se divide creando leyes especiales, insistendo en grupos
separados de los demás y pretextando motivos históricos, sociales,
raciales, de clase, culturales y hasta de género, el que haya una línea
que divida a unos de otros, por las leyes que los protegen y aplican, lo
mas probable es que estos derechos se conviertan en una mercancía política
y nosotros en un consumidor del clientelismo político. Habrá quienes nos
digan que van a defender esos derechos pues otros quieren quitárnoslos en
nombre de anticuadas formas de pensar, mientras que otros, siendo
reaccionarios, les contarán que esas leyes son el coco y este va comerse
y depravar a los más vulnerables (los niños son siempre el último
recurso de un político cobarde), pero ambos grupos, los que nos dan y los
que nos quitan, lo que deberían hacer es acatar que no se puede negociar
con los derechos que afectan a todos en una sociedad incluyente y debería
prohibirse que un grupo religioso, político o económico condicione
dichas leyes a que les hagamos caso en un sentido u otro.
En
México no hay ley alguna contra la formación de una pareja heterosexual
y sí muchas leyes que dictan los cuidados que a ésta se le da, incluso
si termina por cualquier motivo. A ese nivel es el que debemos aspirar si
estamos hablando de parejas, ya sea en términos
de sociedad, de relación o de acuerdo que medie entre ellos. Sólo el
incluirlos en el mismo nivel puede evitar caer en ser tomados por menores
de edad y formar un grupo que por nuestro bien dicte lo que podemos, o no,
hacer con algo tan necesario como es querer compartir la vida con alguien.
Una
consultante hace años me dijo sobre trabajar con lesbianas que era
“trabajar con alguien condenado a la muerte pues no tendrá hijos que
prolonguen su estirpe, un fracaso (en su opinión) de mujer”. Aunque el
temor de ésta mujer estaba basado en una serie de prejuicios y miedos,
que ella misma evitaba aplicar a sí misma, pues su consciencia estaba
tranquila al estar casada y tener hijos y con ello “haber cumplido como
mujer”, se trata de un reflejo de lo que primariamente teme mucha gente
al creer en el precepto social que los hijos son la continuidad con la que
se paga al Estado por lo que hace por nostros (cuando es su obligación) y
la justificación que quieren oír que al menos han cumplido en eso en una
sociedad que podría juzgarles.
Gerardo
Spíndola
continuará...
*
Con permiso del autor, "publicado originalmente
en el grupo Leather Amos esclavos México http://mx.groups.yahoo.com/group/leather_amos_esclavos_mexico/"
|
|