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Dios es un DJ
[Gott is ein DJ]
movimiento perenne en el Teatro Julio Castillo
Ciudad de México, 7 de mayo de 2008 (Foto y textos © Agustin Villalpando
/ Enkidu Magazine): En el marco del 1er ciclo de teatro germánico
contemporáneo, bajo la dramaturgia y con la presencia de Falk Richter en
persona, esta noche Dios bajó a la Tierra para difundir su mensaje por
medio de la música y la prueba máxima de su existencia: la vida misma,
las relaciones humanas, y las de pareja, a través de una de las artes
más antiguas de la humanidad: el teatro. Dios es un DJ [Gott
is ein DJ] envuelve al espectador desde el primer momento en una
ensoñación de ritmos que a veces “bajan del cielo”, de luces y
movimientos continuos, al mismo tiempo que de cuestionamientos sobre lo
que sucede a nuestro alrededor y que tantas veces damos por sentado y
que siempre está en movimiento.
Se
trata de un encuentro dramático arquetípico de la post-modernidad con
cinco personajes más el respetable –que también debe ser contado como
uno de los personajes-, los sentidos mundializados compartidos por tod@s
nosotr@s se muestran prístinos en todas sus iridiscencias y
contradicciones: Dios, o el DJ, nos sacan del Valle de la Muerte (del
desierto) para reconocer que “Madonna es Madonna” en palabras de
Shunshine –una joven que deseaba llegar a Alaska para poner una granja
de pingüinos y además de robar al protagonista, muere por su propia
fantasía/realidad–.
El
uso del multimedia es un componente perenne en las puestas
contemporáneas; sin embargo, esta obra va más allá al reunir, de manera
consciente y afortunada, el trabajo de videoastas como Alfredo Salomón
(“Ojo vigilante”); Icetrip y Víctor Martínez Díaz (“Imagen y ambiente
corporativo” y “Página web”); Icetrip (“Performance egocéntrico”);
Alejandro Otero (“Mujeres mediáticas”), Jesús Iberri (“Barbie Super Body”
–con partes del rostro de varias mujeres contemporáneas destacadas tanto
a nivel mundial por su belleza y generosidad como la Princesa Diana de
Inglaterra y Liz Taylor hasta sus contrapartes en Elba Esther Gordillo y
Condoleezza Rice); Alain Kerriou (“Hombres llorando” –con el uso de
“rostros desconocidos” como el Ratzinger ahora Papa o el de John Wayne y
Arnold –ahora Gobernador de California); y, Eusebio Bañuelos (“Collage
posmoderno”).

La
obra inicia con la rememoración de El (Emilio Savinni) en su encuentro
con Sunshine y su paso por el desierto donde, gracias al uso de
estupefacientes, han podido bailar 12 horas continuas durante toda la
noche. El es un DJ y ha decidido contar su historia. El se inspirar en
los elementos del páramo cuasi-estático, el cielo, las montañas, los
colores y sonidos nuevos que se encuentran ahí, en el vacío.
Esta
sensación de vacío simbólico se encuentra presente a lo largo de las
casi dos horas que, al principio, parecen un monólogo dicho por El y por
sus otros “yo”, pero que al entrar Ella (Isabel Piquer) reconocemos el
imperdible toque comercial-femenino que, por supuesto, empieza con la
historia de cómo se conocieron, en una entrevista obligada durante una
convención.
Ella
había tenido un programa de televisión exitosísimo, con duración de tres
meses… y ahora, dos años después, nadie la recuerda. La oportunidad de
conservar (¿retener?) la fama llega en forma de DJ, con quien compartirá
la creación de piezas musicales y, ante todo, mantendrán la tensión
escénica –real y actuada (sic)– por medio de un diálogo continuo,
ininterrumpido, sobre sus pasados y sus recuerdos –reales e inventados–
que es transmitido en vivo y en directo, o bien es grabado y vendido,
por medio de la Internet.
Mientras Ella anhela tener un bebé –o al menos así parece por buena
parte de la obra–, El continúa en su búsqueda (¿evasión?) del sonido y
el ritmo exactos. Y, sin embargo, los conflictos son similares a los de
cualquier existencia humana: la búsqueda por la trascendencia, el
legado, el de dónde vengo y a dónde compro, la eterna duda del ser...
En
este mundo globalizado todo se vale, todo se ve, todo se vende y
entonces, los patrocinadores permiten que continúe el diálogo de los
protagonistas principales (El y Ella) con recuerdos imaginados que para
ellos parecen ser reales y de ahí que “Madonna es Madonna” y “Dios es un
DJ”, es decir, nos enfrentamos a un juego de los destinos de todos los
que se atreven (nos atrevimos) a formar parte de este laberinto
científico-tecnológico-dramatúrgico.
La
fuerza de Savini llena el escenario.

La
esencia de Piquer desborda al espectador.
La
maestría del texto, en traducción de Henrick Feldmann, logra un trabajo
excelso, prístino, al conocer con exactitud lo inefable del ser
contemporáneo ya que por un instante el uso del idioma está a punto de
reventar en el infinito del metalenguaje ciber – cool (si eso
existe) cuando Feldmann impide que el galope argumental desborde los
confines de la percepción del respetable. Eso se agradece.
De
esta forma, Gabriel Figueroa Pacheco (Beca de jóvenes creadores
2005-2006 del FONCA), logra un conjunto escénico donde el video, el
audio, la actuación, la voz (salvo un par de excepciones en que Ella
habla al respetable directamente dando la espalda a otra parte del
público), la música y las imágenes dan vuelcos en el interior del ser
actual y permiten que Dios es un DJ sea una representación
completa, sólida, de esta “cínica exhibición autorreferencial” –en
palabras de Anabel Julia– que, insisto, esta noche inundó al Teatro
Julio Castillo para compartir su mensaje, su visión y su alucine.
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Dios es un DJ
De Falk Richter (Traducción Henrick Feldmann)
Dirección Gabriel Figueroa Pacheco
Teatro Julio Castillo - atrás del Auditorio
Nacional
de mayo 7 a mayo 14 (Funciones de lunes a
viernes 20:00 Hrs.) |